viernes, septiembre 19

Habemus Diálogo


Cuando el Cardenal Protodiácono anuncia al pueblo romano y al mundo en general la elección de un nuevo Pontífice dice: “Habemus Papam” (tenemos Papa), este anuncio que lo realiza desde el balcón central de la Basílica de San Pedro en el Vaticano llena de dicha y alegría a todos los fieles católicos quienes celebran que tienen un nuevo Papa.
Esta semana en nuestra amada Bolivia podemos afirmar, también dichosos, que por fin “Habemus Diálogo” (tenemos diálogo), ya que después de largas semanas en las que mucho parecía apuntar a que Bolivia se dividía, finalmente las partes en contienda parecieron comprender que la ruta al progreso y desarrollo no es la violencia, y más al contrario es el diálogo.
El diálogo es la forma de entenderse entre seres civilizados, su aplicación a lo largo de la historia política de la civilización ha permitido que el mundo tal cual hoy lo conocemos sea una realidad.
El diálogo en sí tiene sus propias características, a saber:
- Debe caracterizarse por una apertura sin reservas, girando siempre en torno a un tema necesario para la vida en común de ambas partes.
- Permitir a quienes participan, corregir sus propias posturas en función al desarrollo del mismo diálogo.
- No deben de manejarse datos o información de dudosa veracidad, permitiéndose exponer ante la luz de la verdad los distintos puntos de vista independientemente del acuerdo sobre éstos.
- Debe de mantenerse siempre y en todo momento la máxima tolerancia aún en las más exasperadas o apasionadas intervenciones.
- Debe evitarse profundamente el “afán de poder”, por concepto básico el poder y el diálogo se contraponen.
- El fin del diálogo no puede ser anular o encubrir, aún cuando con esto se pretenda sostener una breve paz social.
- El objetivo final del diálogo será buscar la verdad, independientemente de las posturas de las partes.
El diálogo es la idea contraria al ejercicio de la violencia, es la herramienta de aquellos pueblos que se consideran inteligentes, de los que obtienen mejores frutos conversando que peleando, de todos los que piensan más en su pueblo que en ellos mismos y que saben que más vale aprobar algo discutiéndolo mil veces que aprobarlo sin existir consensos.
Si bien es cierto que grandes hechos violentos, como las revoluciones más destacadas (la británica, la francesa o la norteamericana) han marcado hitos que transformaron de forma violenta los esquemas imperantes hasta ese entonces, no es menos cierto que sin diálogo no se hubiesen sentado las bases para las nuevas sociedades.
El acuerdo social al cual arriba toda sociedad para marcar sus caminos, sentar sus pilares de organización y gobierno, es fundamental para garantizar la subsistencia de todos sin perjuicio de ninguno. A esto le llamamos diálogo.
En el caso nacional la cosa va por similar camino, costó vidas el poder colocar en un mismo ambiente al Ejecutivo y a los Prefectos y es de lamentar que (como se viene haciendo costumbre) lleguemos al borde del abismo para poder pensar y finalmente recapacitar sobre nuestras conductas.
Ni los Prefectos ni el Gabinete en pleno podrán consolar el dolor de aquellas madres que han perdido a sus hijos en una lucha en la que ellos no se jugaban nada, la muerte y la violencia nunca serán la solución a los problemas por los que atravesamos.
Espero que el Gobierno y los Prefectos atienda lo que bien decía el Papa Juan Pablo II: “La espiral de la violencia sólo la frena el milagro del perdón”.

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