jueves, agosto 26

¡Exijo mis derechos!


Como todo ciudadano, bajo o alto, gordo o flaco, pobre o rico, blanco o negro, multi o pluri, tengo derechos que deben de ser cumplidos por las autoridades públicas y por mis otros conciudadanos. Pero en este conglomerado de derechos, de obligaciones y de la búsqueda, constante e imperfecta, de la convivencia social, se presentan cuadros que nos retornan a una realidad que más nos acerca a seguir siendo un país subdesarrollado.
Me referido, para aterrizar de manera más concreta en alguna parte de la multiplicidad de problemas que hoy enfrentamos, a lo acaecido hace algún tiempo cuando un micro atropelló a unos transeúntes con fatales consecuencias. Este luctuoso hecho, independientemente de sus particularidades, arrojan al ruedo del análisis una serie de problemas con los que nos tropezamos a diario y que, para referir de manera inequívoca a dos de los más notorios, me atrevo a reflexionar:
El conducir temerario de los micreros: Para nadie es secreto que el transporte público apesta, que los choferes manejan como si llevasen adobes, que los olores (pasajeros incluidos) en un micro son altamente contaminantes, que el conductor – salvo pocas excepciones – no tiene un rango adecuado de educación, que las unidades de transporte más parecen propias de La Habana cubana (donde hace mucho que no ingresa un vehículo moderno) que las de un país que – supuestamente – trata de mejorar. Nada de esto es secreto, lo sabemos todos, al igual que sabemos que muchos nos vemos obligados a usarlo porque acceder a un taxi sería muy oneroso. En estas lides el chofer que logre “mamar” al oficial de tránsito, es un “vivo” y todos los festejan, el que puede “ganarle” al otro para recoger más pasajeros es más “útil”, en pocas palabras: discutir sobre seguridad, higiene y educación, es un tema que no cuadra. Para no parecer muy crítico: ¿la solución? , ¿quizás privatizar el servicio de transporte?, ¿mayor control?, ¿quizás todas las anteriores?
El caos del comercio informal: Otro gran tema es que evidentemente las caseritas han copado las aceras y se han instalado en las calles de la ciudad, sus productos, tanto así como sus guaguas que hacen sus necesidades incluso a vista y paciencia del cliente, ocupan espacio y el caos y desorden en este lugar, únicamente es soportable por los precios económicos que ofertan. De la higiene ni hablar, mejor callar, porque bien puede uno pisar una cáscara de las innumerables frutas que se venden o tropezar con el envoltorio de un juguete tirado como si el piso fuese el basural más grande. En este mundo, el cliente camina por debajo de la acera y choca constantemente con otros mientras grita cotizando y aguanta olores a diestra y siniestra. ¿Solución?: difícil plantearla, pero la propuesta de los empresarios privados es buena base, la eliminación del régimen simplificado sería un avance. La lucha contra la piratería es otro tema importante, harto difícil en una ciudad donde tenemos venta de CDs piratas en muchos lados, ropa pirata “de marca” en todo lado y hasta tenemos un pasaje a media cuadra del centro histórico donde se venden libros piratas, amén de los otros mil ejemplos que podríamos dar para valar que somos una sociedad que no respeta los derechos de autor.
Si cambiáramos en estos dos aspectos, solo en estos dos, seguro mejoraríamos mucho más que en los últimos 10 ó 20 años. Bueno, soñar no cuesta nada.

jueves, agosto 12

El contrabando, parte de un problema mayor


La nueva normativa que busca frenar el contrabando, más allá de ser una norma dura, persigue, en el fondo del análisis sancionar a quienes lucran con el contrabando. Durante muchos años se buscaron distintas opciones para frenar al comercio ilegal de artículos que ingresan al país sin control aduanero y ante la impotencia de los COAs, varias vidas han quedado postradas en el camino de estos bienes ilegales, ya sea por pretender el cumplimiento de la ley o por defender la ilícita actividad.
Pero el contrabando es parte de un problema mayor que rige en nuestro país desde hace mucho, este problema es la informalidad. Bajo este concepto se venden, de manera indiscriminada, en las calles de nuestras ciudades las últimas películas, en calidad “mejorada” (con las voces y alguna sombra por ahí, propia del público que vio esa película realmente en el cine) o incluso en calidad DVD con las diversas opciones del menú. Más allá tenemos abarrotados los puestos de La Cancha con la línea blanca en todas sus marcas, los mejores televisores y por supuesto todo lo que puede ser tecnología. En todos los casos, sin la respectiva factura y por supuesto como competencia desleal de todo aquel que se anime a vender algo amparado en la norma.
No niego, y aseguro que desde el más pintado compra en el comercio informal, es más, nuestro nivel de vida nos obliga a buscar la diferencia de precio que existe entre un comercio formal y uno informal. Pero este es parte del problema, parte esencial del ciclo de irregularidades en el cual hemos nacido, vivido y, en un futuro, moriremos. Esto se refleja en la existencia de automóviles “transformers”, en la clásica “sin factura es más barato”, en la irregularidad de contratar personal sin el respaldo correspondiente, en la burocracia con la que deben enfrentarse los que quieren hacer empresa en Bolivia y que en vez de recibir apoyo y celeridad, deben de sufrir una y mil peripecias y para colmo, una vez que consiguen sus papeles, deben pagar una y otra cosa (que Fundempresa, que aportes aquí y allá, que registro de esto o aquello y, por supuesto, impuestos mensuales y el temido impuesto anual) y compiten contra los informales en desigualdad de condiciones. Suma de aspectos que derivan en la visión, ya consolidada en los Bolivianos, de manejar todo en función a parches, a viveza criolla, a intereses particulares, o, inclusive, a corrupción. Por esto es que en Bolivia será difícil tener un servicio del metro, ya lo vimos en La Paz con la propuesta de un transporte aéreo, los primeros que reclamaron fueron los transportistas porque se dañaba a su gremio, pero su gremio nunca mejora, tiene buses en desuso, con mal olor interior (no atribuible solo al transporte sino también a la manada de pasajeros que muchas veces no tiene la costumbre de bañarse a diario, como debería ser) y otras veces con el motor o los frenos en mal estado. Por esto es que nunca tendremos esas maquinitas de vender periódicos, aquellas en las que con una moneda sacas un periódico, porque aquí, a la primera se sacan todo. Por eso también es que en las calles céntricas de la ciudad (la histórica calle Hamiraya es un buen ejemplo) impera un asfalto de excrementos sin que ninguna autoridad haga algo al respecto, debiendo, en todo caso, los vecinos y transeúntes tolerar el mal olor y el asco. Por esto es que no somos considerados una sociedad desarrollada.
Aunque usted no lo crea, como decía Ripley, existen países donde uno recibe su boleta (entiéndase factura) por adquirir un chicle, donde uno puede tener su empresa legal y marchando en no más de una semana y su competencia deberá de afrontar los mismos escollos y no estará protegido por artilugios tan originales como son los “régimen simplificados”, lugares donde la limpieza es una regla y la educación es una necesidad.
Como se ve, el contrabando es un problema fuerte, quizás la puerta para poder comentar de otros que también son interesantes, parte del círculo vicioso en el cual vivimos, pero también es parte de un problema mayor, de un cuadro gigante en el cual somos actores, muchas veces obligados y muchas otras veces cómplices o responsables.

jueves, agosto 5

Nuestra Bolivia


Cual volátiles augurios de confrontación y zozobra, las autoridades estatales y una regional, el gobernador de Chuquisaca (para levantar mayor controversia), han manifestado que pronto se desplazará el festejo del seis de agosto, como aniversario nacional, en claro encumbramiento del 22 de enero, fecha del nacimiento, según el partido gobernante, del estado plurinacional. Argumentaciones tan simples, tan alegres y poco responsables, seguramente buscan ganar el favor del Presidente de la República, sin embargo dejan un profundo malestar en gran parte de la población que, sorprendida e impávida, ve como sus autoridades requieren mayor formación en diversos campos de la gestión pública, del protocolo y educación, la historia, la historia del pensamiento político, las teorías del estado y un fundamental, y muy extrañado, sentido del buen criterio.
Mal hacen los funcionarios afines al gobierno en afirmar que con el codo podrán borrar lo que la historia ha marcado durante cientos de años, bien sea el Estado Republicano o el Estado Plurinacional, nos encontramos ante un desarrollo histórico que no amerita freno y que seguirá avanzando. Los regímenes políticos, por lo general pretenden, aquí, en Cuba o en la China, reescribir la historia a fin de consolidar el mandato del líder de turno. Error que sin embargo es propenso a todo tipo de críticas, salvo en un sistema no democrático donde ésta sea vetada o reprimida, y que en el caso particular nuestro únicamente alcanza a dar mayor materia distractora para olvidar que aún existen temas de fondo que deben ser atendidos, más allá del discurso.
Tocando materia de fondo, me quedo con que el seis de agosto es la fecha del nacimiento de Bolivia, como tal, sin el rimbombante apellido multi esto o pluri aquello. Me quedo también con que la bandera nacional tiene tres colores: rojo, amarillo y verde y no así una gama mayor de tonos y matices que no hacen al conjunto nacional, sino a una parte de este. No rechazo la whipala, más al contrario la respeto por representar a un sector poblacional amplio, pero e independientemente de que hubiese sido utilizada como excusa política para ser incluida como símbolo patrio en la nueva constitución, a costa de pretender ganar el voto campesino, debe quedar claro que no representa a toda la nación boliviana. Lo propio sucedería con la bandera blanca y verde con el patujú en el centro, propia de los pueblos de los llanos, que bien merece respeto pero no por ello aglutina o viene a significar lo que durante años ha representado la tricolor nacional.
En el mismo sentido y bajo la misma lógica, me considero boliviano, sin el rótulo de camba, colla, chapaco, originario, kara, pobre o rico, soy boliviano y punto. Esto último es importante habida cuenta que el discurso “del cambio” ha promovido en el corazón de miles de bolivianos, la idea de los 500 años de explotación, y por ende ha elevado a alturas mayores que la misma cordillera, la idea de que el turno de la venganza ha llegado y que los culpables, que usan corbata y cuya tez es comúnmente más clara, deberán pagar, a costa de sus bienes o de su seguridad, los siglos de injusticias.
En este nuevo aniversario, espero, de todo corazón y como un ciudadano más, que se termine la época del discurso de confrontación, de la separación y la enemistad entre hermanos, ha llegado el momento de que los unos y los otros, sean un todo, de que el nuevo discurso descanse, no sobre el radicalismo ideológico que de nada nos sirve, y pase a la practicidad de buscar el bienestar común, de promover que los bolivianos seamos mejores ciudadanos (que falta nos hace) y llegar a despertar un orgullo nacional que nos permita gritar a un solo tono: ¡Viva Bolivia!
Espero, sinceramente, mejores días para nuestra Bolivia.