jueves, agosto 5

Nuestra Bolivia


Cual volátiles augurios de confrontación y zozobra, las autoridades estatales y una regional, el gobernador de Chuquisaca (para levantar mayor controversia), han manifestado que pronto se desplazará el festejo del seis de agosto, como aniversario nacional, en claro encumbramiento del 22 de enero, fecha del nacimiento, según el partido gobernante, del estado plurinacional. Argumentaciones tan simples, tan alegres y poco responsables, seguramente buscan ganar el favor del Presidente de la República, sin embargo dejan un profundo malestar en gran parte de la población que, sorprendida e impávida, ve como sus autoridades requieren mayor formación en diversos campos de la gestión pública, del protocolo y educación, la historia, la historia del pensamiento político, las teorías del estado y un fundamental, y muy extrañado, sentido del buen criterio.
Mal hacen los funcionarios afines al gobierno en afirmar que con el codo podrán borrar lo que la historia ha marcado durante cientos de años, bien sea el Estado Republicano o el Estado Plurinacional, nos encontramos ante un desarrollo histórico que no amerita freno y que seguirá avanzando. Los regímenes políticos, por lo general pretenden, aquí, en Cuba o en la China, reescribir la historia a fin de consolidar el mandato del líder de turno. Error que sin embargo es propenso a todo tipo de críticas, salvo en un sistema no democrático donde ésta sea vetada o reprimida, y que en el caso particular nuestro únicamente alcanza a dar mayor materia distractora para olvidar que aún existen temas de fondo que deben ser atendidos, más allá del discurso.
Tocando materia de fondo, me quedo con que el seis de agosto es la fecha del nacimiento de Bolivia, como tal, sin el rimbombante apellido multi esto o pluri aquello. Me quedo también con que la bandera nacional tiene tres colores: rojo, amarillo y verde y no así una gama mayor de tonos y matices que no hacen al conjunto nacional, sino a una parte de este. No rechazo la whipala, más al contrario la respeto por representar a un sector poblacional amplio, pero e independientemente de que hubiese sido utilizada como excusa política para ser incluida como símbolo patrio en la nueva constitución, a costa de pretender ganar el voto campesino, debe quedar claro que no representa a toda la nación boliviana. Lo propio sucedería con la bandera blanca y verde con el patujú en el centro, propia de los pueblos de los llanos, que bien merece respeto pero no por ello aglutina o viene a significar lo que durante años ha representado la tricolor nacional.
En el mismo sentido y bajo la misma lógica, me considero boliviano, sin el rótulo de camba, colla, chapaco, originario, kara, pobre o rico, soy boliviano y punto. Esto último es importante habida cuenta que el discurso “del cambio” ha promovido en el corazón de miles de bolivianos, la idea de los 500 años de explotación, y por ende ha elevado a alturas mayores que la misma cordillera, la idea de que el turno de la venganza ha llegado y que los culpables, que usan corbata y cuya tez es comúnmente más clara, deberán pagar, a costa de sus bienes o de su seguridad, los siglos de injusticias.
En este nuevo aniversario, espero, de todo corazón y como un ciudadano más, que se termine la época del discurso de confrontación, de la separación y la enemistad entre hermanos, ha llegado el momento de que los unos y los otros, sean un todo, de que el nuevo discurso descanse, no sobre el radicalismo ideológico que de nada nos sirve, y pase a la practicidad de buscar el bienestar común, de promover que los bolivianos seamos mejores ciudadanos (que falta nos hace) y llegar a despertar un orgullo nacional que nos permita gritar a un solo tono: ¡Viva Bolivia!
Espero, sinceramente, mejores días para nuestra Bolivia.

1 comentario:

Oscar Rodrigo Paredes Fernandez dijo...

Todo régimen totalitarista pretende en determinado momento re-escribir la historia o bien forzarla a imagen y semejanza (mejor conveniencia) del líder. Es por ello que me viene a la mente una obra de Marx: el dieciocho brumario de Luis Bonaparte.

La historia para el tirano, así como para sus adláteres, sólo es útil si sirve para su propósito, el resto termina siendo irrelevante e innecesario.