jueves, septiembre 23

Nuestro país: la administración pública


En la primera nota referida a Nuestro país, en el enfoque de Estado que todos quisiéramos, hice referencia, de pronto ante lo básico y cotidiano, a la educación y a la higiene de la población, hoy vamos dando un paso adelante y me atrevo a tocar un aspecto clave dentro la lógica de la administración del Estado: la gestión pública.
¿Por qué como segundo elemento de un país que quisiéramos? Porque con esta es que nos tropezamos todos los días, para poder existir (cédula de identidad, certificado de nacimiento), en los innumerables días de nuestras vidas (autoridades de todo color y rango) y hasta para morir (certificado de defunción). El contrato social de Rousseau bajo cuya lógica acordamos ceder parte de nuestras libertades con la condición de un bienestar común ha requerido, desde los griegos y pasando por los romanos, perdiéndose en la Edad media y recuperándose en la modernidad, un aparato que represente las funciones del Estado, unos brazos operativos que garanticen la mayor calidad de vida para los habitantes del territorio. Para Montesquieu la división de poderes garantizaba la independencia de la gestión de áreas tan complejas como el Poder Judicial, a fin de que lo político no corrompa la independencia que requiere la administración de justicia, en todos los casos entidades que nacen de un único eje mayor: el Estado.
Sin embargo de todo, olvidan estos dos autores, y lamentablemente recordamos a diario nosotros, que la administración pública bien puede presentar falencias, de gestión, transparencia, efectividad y eficiencia y en el peor de los casos: corrupción. En nuestro país, en el país que queremos aspiramos a una gestión eficaz que, como en otros países, pueda permitirnos tener nuestro documento de identidad solamente con pasar por una mesa de unos cuantos metros donde nos verifiquen todo en sistemas informáticos y en menos de una hora podamos irnos felices y bien atendidos, en vez de esperar maltratados filas y filas para un documento tan básico y sujetos a autoridades de bajo rango que ofrecen sus servicios, dinero de por medio, a cambio de “agilizar” el martirio.
Y esto no solo se presenta en la emisión de cédulas de identidad, pasa en la obtención de la licencia de conducir, en la obtención de un sinfín de papeles personales y hasta para morirse es todo un protocolo. Pero, y repitiendo el afán proactivo y no solamente crítico de este espacio, preguntamos ¿cuál la solución entonces? Y la misma está al alcance de las manos, y su nombre no es otro más que la informática, la implementación de sistemas que agilicen la vida de las personas. Esto evitará las coimas, seguro que sí, porque al ordenador no le interesan nuestros centavos, ni favorecer a fulano por ser pariente o a mengano por ser autoridad. Se reducirá la administración pública, también seguro que sí, pero bien vale la pena por un servicio adecuado. El tráfico de pegas disminuirá pero la efectividad subirá y un aspecto fundamental para esto será la voluntad política gubernamental de instaurar una administración pública centrada en lo informático. ¿será posible?
Repito un clásico final en este tipo de artículos: soñar no cuesta nada.

jueves, septiembre 9

Nuestro país


El presente, es el primero de una serie de artículos que pienso compartir con ustedes, salvo las merecidas notas temáticas que, en estricto rigor, corresponderán publicar, pretendo mostrarles una visión que considero es compartida con muchos de ustedes.
Cada mañana, cientos (quizás miles) de ciudadanos se preguntan si debieran buscar mejor suerte en otras latitudes. Cada día, al caminar al trabajo, sentimos que las cosas debieran ser diferentes, distintas a como las vemos. Cada fin de semana, al conversar con los amigos, analizamos las mil y un problemáticas del país y – en ciertos casos – hasta les damos solución. Todos y cada uno de nosotros, en distintas situaciones, criticamos al otro en función a los problemas que se nos presentan.
Pero más allá de esto, y sin el afán de sonar idealista, pretendo en este espacio, poder analizar diversas situaciones que, de cierto modo, puedan permitir generar un espacio de propuesta pro positiva (más que únicamente crítica) que pueda servir de punto de coincidencia entre el lector y el autor. Empiezo entonces, en este reiterado afán positivo, por tocar la base sustancial de la problemática boliviana: el ciudadano boliviano.
El ciudadano boliviano es el elemento que ha interactuado de diversas formas con distintos gobiernos, con problemáticas y farándulas carnavalescas desde tiempos inmemoriales. Comúnmente muy acostumbrados a pedir más que a dar, buenos para exigir pero malos para cumplir y demasiados arraigados en la viveza criolla. ¿Alguna vez se ha puesto a pensar que en Bolivia lo que falla no sea el gobierno de turno, sino seamos los propios bolivianos? Una frase muy conocida afirma: cada pueblo tiene el gobierno que se merece ¿será verdad?
Iniciaremos este ciclo de reflexiones con la certeza de que las cosas cambiarían mucho si nosotros mejoráramos - sin necesidad de invertir dinero –, en ser cada día un poco mejores. Para muestra basta un botón, existen dos hábitos básicos que hacen al ser humano, costumbres que en otros lados son pan de cada día pero que en nuestro caso no siempre se aplican, y por ello bien vale la pena reiterarlos: hábitos básicos de higiene (no tire basura en la calle - ¿se imagina que todas las calles estuviesen limpias? - , manténgase aseado, no haga sus necesidades en la calle, no escupa en el piso, no se limpie la nariz resoplando) y hábitos básicos de respeto y educación (salude al ingresar a algún lugar - buen día, buenas tardes, seguro que no es muy difícil -, agradezca y pida por favor).
Le invito, sin mayores complicaciones a dar su aporte, a través de esos dos hábitos, para hacer de nuestro país, un lugar mejor con el simple cumplimiento de normas básicas de convivencia. ¿Se anima?
Una buena forma de celebrar el bicentenario de Cochabamba sería mejorar primero nosotros.