jueves, octubre 21

Nuestro país: El derecho a bloquear

Mal que bien, un vecino, un grupo de vecinos, un sindicato, una asociación, un centro de madres o afines a esto o aquello, pueden darse el gusto de bloquear la vía que deseen. El derecho al libre tránsito puede ser violado por quienes uno menos piense. La última vez, sin ingresar en el fondo del asunto, los vecinos de las zonas aledañas al botadero de basura lo hicieron, en otras ocasiones fueron otros y en nuestro país, puede bloquear desde el más pobre hasta el más rico y pretender obtener lo que desee a costa del perjuicio general a la población.
Seguro estoy que el problema del botadero es muy complejo y reviste aspectos de pobreza que ni imaginamos, situaciones de organización e inversión que son altamente complejas y por supuesto ello es parte de un contexto social mayor llamado Bolivia. Situaciones de pobreza y conflictos existen en cada recodo de las naciones, pero no a costa de ello se puede provocar mayor desajustes con actitudes como los bloqueos.
Toda sociedad que pretenda desarrollarse requiere, como exigencia sine que non, la posibilidad de que sus bienes sean distribuidos de manera oportuna y sin complicaciones a los comerciantes y usuarios finales y, por supuesto, se satisfagan las necesidades de los usuarios.
Cuando en su momento, el gobierno manifestó de manera tímida, la intención de normar tales protestas, la reacción de los activistas sociales fue de un rechazo total, sin embargo tal idea no deja de ser buena en el fondo ya que es garantía de todo ciudadano poder movilizarse de un lugar a otro sin inconvenientes. Lamentablemente es preciso un nivel mínimo de firmeza en la lógica de mantener el orden en la sociedad y para tal labor existe la policía como fuerza del orden que debe garantizar la armonía social y la plena vigencia de los derechos ciudadanos.
Seguro estoy que los problemas existentes en el país son lacerantes en diversas formas, pero seguro estoy también que si los bolivianos y las bolivianas deseamos mejores días debemos empezar por cambiar nuestra idiosincrasia nacional, y, en lo que hace a los bloqueos, debemos desterrar toda forma de inestabilidad como forma de presión.
La vía más adecuada, por supuesto, será siempre el diálogo, pero un diálogo sano, sin presiones ni bloqueos, ni marchas, ni llantas quemándose en las esquinas, ni vehículos dañados, ni gente perjudicada por no poder acceder a sus trabajos ni empresarios que no pueden distribuir sus productos.
La madurez de los pueblos se mide no en su capacidad de presión sino en su potencial de diálogo y buena gestión.

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