jueves, julio 28

Humala ¿Populista o Estatista?


Ambos países (Perú y Bolivia) son considerados una sola nación, más allá de los elementos constitutivos que como Estados sostiene cada uno y que los hacen distintos legalmente y a nivel internacional, en el fondo, en esencia son muy parecidos.
Tropezamos con dificultades similares y hasta debemos confrontar, en muchas ocasiones, frustraciones comunes. El pasado 28 de julio el Presidente Humala asumió la dirección de su país, al parecer, con la figura muy clara y transparente, alejarse de la visión Chavista de gestión e incidir en la visión pública y de logro del ex mandatario brasileño Lula Da Silva.
Como boliviano, me resta, por supuesto, sentir pena que sea él quien tenga esa visión en vez de mi mandatario, quien por el contrario se encuentra más cerca del radicalismo de Hugo Chávez que del pragmatismo social de Lula. Sin embargo de lo cual existen razones importantes para considerar a Humala un posible (nótese que no es una afirmación) freno en las ambiciones socialistas Venezolanas, acercándose más al modelo brasileño que al Caribeño. Para Ollanta Humala su gestión está plagada de retos que, en ciertos casos, son también similares a los que en su momento enfrentó el Presidente Morales en nuestra Bolivia, su primer reto está marcado con poder desarrollar un grado de estabilidad sólido, una confianza que se hace necesaria para sostener la imagen económica de Perú en el contexto internacional, fruto de esta imagen es que se espera la tranquilidad de los inversores, empresarios privados nacionales e internacionales y de la propia bolsa peruana que ya con el susto de la victoria del partido de Humala, Gana Perú, registró su mayor caída en la historia (12,51%). Un segundo reto que enfrenta el mandatario es algo que lo diferencia mucho de su par boliviano, y es que Ollanta ganó con un estrecho margen las elecciones peruanas (3%) lo que lo obligará a buscar alianzas, siendo el más probable aliado el ex presidente Toledo, unión que no se ve muy sólida ni muy duradera en todo caso. Otro reto, similar a los que enfrentamos en Bolivia, será la lucha contra la pobreza, este factor que fue un eje en la campaña de Humala, debe pasar de los discursos a los hechos, y si bien la retórica es harto rica en sostener cualquier oferta, la realidad es todo lo contrario y puede costarle muy caro el incumplimiento o siquiera la dilación en políticas y respuestas ágiles a las asimetrías sociales (un tercio de los 30 millones de peruanos es pobre). Otro reto muy similar a los que viven los gobiernos bolivianos es la atención a las demandas sociales, cuya insatisfacción es muy similar a la que muchos sectores en Bolivia sienten y desembocan en reclamos y una serie de nuevos problemas con los cuales todos los mandatarios luchan generación tras generación, por ende Perú no es la excepción y sus indicadores de demandas no atendidas son, igual que las nuestras, altas (cerca de la mitad de la población peruana carece de saneamiento básico, uno de cada cinco peruanos tiene seguro social y su calidad educativa está entre las más bajas de la región), un reto también presente es que su partido político es indisciplinado, muy distinto a lo que, al menos en su inicio, mostró el masismo en Bolivia donde la voz del Presidente Morales era ley.
Estará en Ollanta Humala definirse como Populista (estilo del Socialismo del Siglo XXI) o como Estatista, como ciudadano con dos dedos de frente y con el conocimiento técnico necesario, espero que su paso por el hermano pueblo peruano sea más positivo y refleje, en acciones y no en retórica, desarrollo para sus ciudadanos, sus empresarios, sus instituciones, sus sueños y su futuro.

viernes, julio 15

Y el orgullo de ser boliviano?


Por lo general, en la hojarasca de situaciones en las que vivimos cotidianamente, más ocupados de sobrevivir que de vivir y siempre críticos con quien nos gobierna o con quien es distinto a nosotros, enfocados más en las diferencias que tenemos con el vecino que en lo común que ostentamos, nos olvidamos de la visión de país que únicamente se recupera con una pasión que parecía revitalizarse en la vecina Argentina. Esta vivencia, emoción de generaciones es de muy simple encuentro, de muy fácil mención y hasta pareciese irrisorio que sea lo único que pareciese poder unirnos, más allá de ser collas, cambas o vallunos, y es que el fútbol, en su simple concepto de correr tras el balón y lograr, evitando a cuanto rival pudiese encontrarse en frente, anotar un gol, es suficiente para hacer que la gente desempolve sus banderas tricolor, sus poleras verdes y, más importante aún, su actitud positiva hacia el país.
Tras el empate logrado ante la anfitriona selección gaucha, creímos nuevamente en nosotros, bastó ese empujón de optimismo para que todos vuelvan a ser bolivianos de nuevo, para que desde el más hasta el menos, se muestren orgullosos de ser bolivianos. Bastó eso, un resultado favorable ante uno de los firmes candidatos a ser campeón de la Copa América, el resto, tiempo entre ese encuentro y el exitista partido que se veía fácil contra Costa Rica, fue un mar de orgullo nacional, un momento de felicidad para propios y extraños sumidos en una ficción que al menos sirvió para despertar como bolivianos siquiera un par de días.
La historia no se detiene, al igual que el tiempo, y por ende llegó el partido siguiente donde fuimos derrotados por Costa Rica, peor aún se ratificó la vieja historia con Colombia y terminamos como últimos de nuestra serie, y tuvimos que, luego que un rastrillo de fuego nos destrozara las ilusiones, agarrar nuestro sentimiento nacionalista y volver a guardarlo en un obscuro baúl que se mezcla con el firme olor de la derrota. Pero, y ya analizando este efecto, ¿será correcto llegar a sentirnos orgullosos solamente con el fútbol? Seguro que no, porque lo que somos, no podemos evitarlo, somos bolivianos aún cuando perdamos todos los encuentros futbolísticos hasta el fin de los tiempos, pero entonces ¿qué sucede?
No necesariamente se debe de ser entendido en psicología o sociología para poder comprender lo que sucede en un país como el nuestro, bastará con ser boliviano, con ser un ciudadano más que vive y sufre con su selección y con todo lo que ve y escucha para poder entender a cabalidad las frustraciones que debemos sufrir, y peor aún, tratar de explicar a nuestros hijos.
No sé si es por el radicalismo de izquierda del gobierno de turno, quizás por las declaraciones sin sustento del Defensor del Pueblo sobre la venta de niños en Bolivia, quizás por las imágenes de perros degollados que dieron la vuelta al mundo años atrás, o simplemente por el manipuleo en las listas de candidatos a autoridades judiciales en las (sui generis) elecciones de magistrados que realizaremos pronto, realmente no podría afirmar que sean estos los únicos culpables de que la falta de orgullo nacional sea una constante en nuestro diario vivir, pero sí sé que lo único que nos queda como ciudadanos comunes y corrientes es aportar con lo nuestro, a lograr que con nuestro trabajo logremos sentirnos orgullosos de nuestra patria, a ser buenos padres, hermanos, hijos y amigos, a ser disciplinados y puntuales, limpios y educados, esto, es quizás, lo único que podemos hacer en los hechos para mejorar el orgullo nacional.
Ese debiera ser el grano de arena que pongamos nosotros para sentirnos orgullosos de ser bolivianos, amén de lo que la Selección pueda hacer o las autoridades se animen a intentar.