lunes, marzo 26

El amor en tiempos de bloqueos

Gabriel García Marquéz, en su libro, El amor en los tiempos del cólera, relata la conversación del personaje central de la novela, Florentino Ariza, con un pariente cercano, quien le dice: “Voy a cumplir cien años , y he visto cambiar todo, hasta la posición de los astros en el universo, pero todavía no he visto cambiar nada en este país. Aquí se hacen nuevas constituciones, nuevas leyes, nuevas guerras cada tres meses, pero seguimos en la Colonia”. Similar comentario podríamos enunciar respecto a ciertas cosas que, en Bolivia, no cambian ni cambiarán nunca. Uno de estos “patrimonios sociales” son los bloqueos, por todo y por nada, incluso los bloqueos contra los bloqueos, el más humilde de los vecinos o el más arrogante de los líderes sociales, bien puede bloquear por los uno y mil problemas que a diario subsisten en un país como el nuestro. Reclamamos por leyes que sancionen a los bloqueadores, e incluso – so riesgo de que suene a broma – el mismísimo Gobierno pide que el Ministerio público detenga a los bloqueadores y los sancione, a la par reclamamos que se cumplan las leyes y se respete el libre tránsito, difícil pedido en un país donde las autoridades no saben ser autoridades y el pueblo no sabe ser pueblo, donde el líder es un caudillo y la institución es una cáscara manejada por una pulpa politizada, tan política que enferma y tan desagradable que nadie la quiere pero que todos los deben aceptar. Ya hace tiempo atrás, en una nota similar, planteaba que lo que Bolivia necesita, no pasaba por una nueva Constitución, sino por aprender a respetar las leyes y normas vigentes, el tiempo continúa dándome la razón en cada bloqueo, manifestación, marcha y reclamo que hacen de Bolivia un país inestable. La culpa la puede tener el Gobierno, los anteriores gobiernos e incluso hasta las tradiciones en las que vivimos inundados, pero el responsable mayor es el pueblo, ese grupo humano sazonado de indisciplinas que es bueno para una marcha pero malo para asumir responsabilidades. Somos buenos para exigir derechos pero malos para contraer obligaciones, sin embargo ahí estamos, como siempre, como hace muchos años, reiterando las marchas, los bloqueos y disgustos que ya escuchaban nuestros abuelos y los abuelos de nuestros abuelos. ¿Cuándo será el día en que podamos asumir posturas jurídicas antes que acciones de hecho?, ¿cuándo será el día en que se pueda confiar en un sistema de atención a las demandas de la población, jurídico o no, que funcione de manera eficiente y que evite llevar al pueblo a extremar recursos cuando no se le escucha? Pero aún queda una esperanza, notoria en el corazón de cada habitante de mi patria, una bondad oculta y enterrada muchas veces por el dolor de no ser escuchado, por el infinito estrépito de cientos de muertos que se han sacrificado por conquistas sociales y reivindicaciones que en muchos casos no han sido justificadas ante los ojos de la madre que perdió el hijo o el hijo que perdió al padre, un deseo de vivir en un país mejor, un amor desenfrenado por Bolivia, por el prójimo que es nuestro hermano y no nuestro enemigo, por dejarle a nuestros hijos mejores días y no repetir la historia cíclica de heredar vicios y condenados medios de reclamos que no hacen más que atrasarnos, queda esa esperanza a relucir el día en que nos demos cuenta que bloquear no es una solución, que las autoridades atiendan las demandas del pueblo sin necesidades de medidas de presión ni sacrificios innecesarios. En tanto ese día llegue, la esperanza aún subsiste en nuestro profundo amor por Bolivia, y como afirma haberlo leído el personaje mencionado al inicio de este artículo: “El amor se hace más grande y noble en la calamidad”.

viernes, marzo 9

Inseguridad en Bolivia

Cada día, cuando se escucha la radio, se leen las noticias o se observa la televisión, podemos apreciar decenas de noticias relacionadas a la falta de seguridad en la que vivimos cotidianamente, asesinatos, violaciones, robos, hurtos, vínculos ilegales y una larga y matizada lista que pareciera no terminar, se presenta y se extiende ante nuestros ojos y nos hace temer que nuestros seres queridos, incluso nosotros, podemos llegar a ser la siguiente víctima. Ya no es un secreto que mafias organizadas se mueven en el territorio nacional, qué otra cosa explican los asesinatos, los ajustes de cuentas, que se ven principalmente en Santa Cruz, y quizás no habría la necesidad de referir que el narcotráfico se patentiza de manera violenta en muchos niveles. Las historias de violaciones, los clanes familiares que se organizan para cometer hechos delictivos, se escuchan en boca de todos en las distintas capitales del país, muchas de estas vertientes de mafia nacional, nunca sufren acusación alguna, las victimas quedan en el olvido, sus familiares optan por no acudir a un sistema judicial que no ofrece garantías para cuidar de las víctimas y más al contrario, les significa tiempo y dinero y, lo que es peor, revivir los sucesos que sufrieron. Por otro lado, la policía, queda limitada en diversos aspectos, empezando por los financieros, sueldos malos - por no decir pésimos - parecen invitar a que se busquen otras opciones para sobrevivir, las condiciones logísticas son también una vergüenza, desde las obsoletas armas que manejan hasta los vehículos adaptados de que disponen, son motivo para fallas operativas que pueden costar caro. A más de esto, debe la institución verde olivo, soportar que le “carguen los muertos” ante presiones y fallas oficialistas, ratificando que la política (por supuesto mal entendida) quebrante las estructuras y principios de la Policía Nacional. Y es que en Bolivia es muy difícil controlar temas tan fundamentales como la seguridad ciudadana, y ya sea por el lado de la población civil o por el lado de las autoridades responsables, estamos ante un problema que requiere más que una cumbre discursiva, necesita de acciones concretas que vayan en beneficio de la seguridad de todos. Para esto, se deberá de acudir a los bolsillos de las y los ciudadanos bolivianos, quienes deberemos de asumir de un modo u otro, el cargo de cubrir más cantidades de uniformados que puedan garantizar las labores de prevención contra el delito. Lo certero de este tema, puede resumirse en que necesitamos seguridad, pero la necesitamos ya.