lunes, octubre 21

A 10 años de Octubre Negro vivimos en una realidad que, en la forma, es muy distinta a la vivida en la caída del Gobierno de Sánchez de Lozada, pero en el fondo, aún mantiene problemas y necesidades que atentan cotidianamente contra el pueblo boliviano. En aquel entonces la visión del presidente Sánchez de Lozada, fundada en su propia razón de estado y coronada por una ferviente tozudez que más rayaba en lo testarudo, provocó un descalabro democrático que derivó en su propia renuncia, en su huída a otro país y en un funesto golpe contra la estabilidad. Por otro lado, fue una lectura pedagógica que recordó a los gobernantes que están en esa posición porque existen los gobernados y que detentan poder porque éstos así lo han cedido. Somos un país complejo y maravilloso. Complejo, porque bien podemos destruir carreteras, puestos de control vial, entidades públicas y marchar por todo y por nada. Maravilloso, por el cariño de nuestra gente, nuestros climas seductores y la riqueza que (aunque no económica) emerge en cada rincón. Tenemos de todo y a la vez tenemos poco, la institucionalidad y el respeto a la ley no es nuestro fuerte, parecería que somos más hábiles en marchar y en festejar que en trabajar, así también reflejamos en un inconsciente colectivo a la democracia; existe, está ahí, pero no la respetamos. En aquel 2003, ya desde inicios del conflicto, cuando Carlos Sánchez Berzain había comandado en persona una operación de rescate de un grupo de turistas atrapados en Sorata, se había sembrado un altiplano altamente convulsionado, cosecha que luego derivaría en aquel fatídico octubre. En Palacio de Gobierno el Presidente pretendía recomponer el Estado de Derecho, legitimado por la elección democrática que él había ganado, pero olvidando que ya su popularidad había quedado evaporada en un sinfín de medidas rechazadas. Sánchez de Lozada consideraba “a los otros” como los enemigos de la democracia, nunca entendió el sentido del reclamo de cientos de personas que, enfadadas y frustradas, no encontraron otro camino para hacer valer su opinión. Sánchez de Lozada se consideraba artífice de la existencia de la democracia, no fruto de aquella, olvidó que era resultado de Siles Suazo y las bases institucionales de aquel Gobierno, incluso considerando que en varios años el Gobierno había sido una suerte de pasanaku entre el MNR, ADN y el MIR, cosa que también había dañado esa democracia de la que él se creía redentor. Los que reclamaron en aquel entonces, hoy considerados por la propaganda como revolucionarios, tuvieron sus motivos, válidos en muchos casos pero también desorientados, faltos de base real, y ante todo arrojados, pues en el camino de sus objetivos poco importó quién quedó en el camino. En este marco, el Presidente ansiaba la receta clásica liberal de que todo iría bien por la eficacia del mercado y los otros alentaban un discurso populista y poco técnico enmarcado en la pasión más que en la razón. Así empezó la llamada Agenda de Octubre, que tuvo vicios y tuvo virtudes, que se cumplió en parte y que también lesionó a la democracia como institución, que consolidó una positiva nueva visión de inclusión, que pretendió un nuevo país y que derivó en las mejoras que hoy observamos, pero también mantuvo los problemas que aún enfrentamos, los que aún no han sido solucionados. Y es que no basta con buenos indicadores macro económicos, se necesitan mejoras para el ciudadano de a pie, se requiere un mejor vivir. A 10 años de octubre aún no están completas las tareas.

lunes, octubre 7

Democracia ¿vamos todos por buen camino?

La democracia se basa, desde la lógica básica de aquel pueblo ateniense que creó la idea y que votaba con piedras negras para el “no” y piedras blancas para el “sí”, en la voz del pueblo que, en pleno pacto social, delega su soberanía para poder organizarse a sí mismo, haciendo de este modo pleno el ejercicio del poder del Estado sobre la población que habita en su territorio. Surge así la necesidad de que esa gente, esa población social quede representada en las instancias de decisión. En la Edad Antigua el pueblo entero podía reunirse ante la convocatoria de asamblea, porque eran pocos, porque todos se conocían, porque las decisiones se las tomaba con plena presencia del Pater Familias quien manifestaba la opinión de la familia y resultaba hasta fácil identificar sus criterios en concordancia o disonancia de los temas que se trataban, mismos que podían ser desde el destino de la cosecha hasta la declaratoria de guerra. Con el tiempo la población creció, ya no era factible convocar a las personas a reuniones en las que todos puedan expresar sus criterios, surgen las medidas normativas para accionar las decisiones sin necesidad de la presencia de toda la asamblea y también nacen las ilegitimidades, aún cuando puedan revestirse perfectamente de legales. De manera eventual el estado democrático busca una salida necesaria para sostener esta representación, esta voz del pueblo, este soberano que requiere, debe y se obliga, por medio de una unidad que es conocida como Órgano Legislativo. En Bolivia, como en otros lados, es este el espacio donde van los que reflejan la voz del pueblo, desde el empresario hasta el desempleado, por el simple hecho de ser bolivianos y bolivianas. En este órgano que una vez fue más conocido como Parlamento y que hoy día denominamos Asamblea Legislativa Plurinacional, conviven 130 diputados, la mitad de estos fruto de elección (les llamamos Uninominales) y la otra mitad vienen por las listas para Presidente y Vicepresidente (les llamamos Plurinominales), así también existen 36 senadores (cuatro por cada departamento), ambas conforman, a su turno y respectivamente, la Cámara de Diputados y la Cámara de Senadores. Debido a los datos del último censo la situación poblacional del país ha cambiado, esto afecta la estructura de la Asamblea Legislativa Plurinacional, era obvio, lógico y hasta predecible lo que el censo tendría por resultado, era ya evidente una tendencia de crecimiento en Cochabamba y Santa Cruz, y un descenso (por así decirlo, ya que siempre existe un crecimiento natural) en los otros departamentos. Y es que, triste pero ciertamente, la torta boliviana se divide básicamente entre tres: La Paz, Cochabamba y Santa Cruz, dejando el resto para los otros hermanos menores (Oruro, Potosí, Tarija, Sucre, Pando y Beni). Y esto afecta en recursos económicos, atención en servicios básicos, niveles de desarrollo humano, campañas electorales, intereses e inversión privada, visitas cotidianas de mandatarios y hasta conciertos, y así la lista podría extenderse con un sinfín de temas fundamentales de atención que, hoy por hoy, recaen principalmente en el Eje troncal del país. De manera descarnada la figura prosigue, los pequeños siguen pequeños y los grandes (salvo La Paz, según el cuestionado censo) crecen, quizás es momento de analizar a detalle el desarrollo del país, ¿qué hacen bien las ciudades del eje y qué hacen mal las otras ciudades? El problema, en el fondo, no son solo las fórmulas matemáticas del Tribunal Supremo Electoral, o uno o dos representantes legislativos más, el problema es el desarrollo que, en democracia, aspiran todos y que parece destinado a no llegar nunca, pero pareciera también que ni a las regiones afectadas les preocupa el fondo del problema, la pregunta es sencilla: ¿vamos todos por buen camino? NOTA: El dibujo incluido en el encabezado corresponde a una imagen publicada en el periódico La Razón (http://www.la-razon.com) y el autor firma al pié del mismo.