lunes, julio 20

La politización, la corrupción y la ciudad que queremos

Que el Alcalde tome acción sobre las denuncias a una de las comunas, es una buena señal, buen presagio de que en esta gestión se pretende cambiar algo que resulta reiterativo y hasta crónico en la administración pública: la politización, la corrupción y por ende la ineficacia. Estas buenas intenciones, que en su momento otras autoridades han pretendido, son loables y merecen apoyo, aún cuando muchas veces las pretendidas buenas gestiones caigan en la masa corrupta y lodosa de la política mal llevada. Aclaro, para fines que puedan interesar, que no soy miembro del partido de turno en el Gobierno Autónomo Municipal de Cochabamba, soy un ciudadano más y como tal me interesa mi ciudad, mis conciudadanos y sufro los mismos problemas con los que la mayoría de las y los cochabambinos nos enfrentamos día a día, de los cuales, el que ahora toco solamente es uno. Se dice que la gestión pública es como un elefante muy grande y a la vez pesado, de lento andar y por ende de perezosas reacciones, con una fuerza descomunal ante quien se le oponga y acaso de buenas intenciones y torpes labores. Si bien es cierto que tal comparación no le hace justicia al bello paquidermo, la administración pública no deja de tener varias de estas características. La relacionamos comúnmente con ineficacia, con la “coima”, con la interminable peregrinación de una mesa a la otra en busca de un sello cuadrado y luego de una estampilla redonda, con las muchas preguntas y las pocas respuestas y con – usualmente – la irresoluta respuesta a nuestras necesidades Pero el mal mayor de estos vicios es un monstruo de mil cabezas cuya sombra protege al corrupto y al pendenciero y le dota de escritorio, bolígrafo, sello y autoridad: la mal llamada política. Estos vicios, incluida la espectral fuerza de la politización pública, son generales y bien se los ve en la ciudad más poblada así como se los vive en el municipio más alejado. Es bien conocido que la administración pública tiene un doble objeto de estudio: tanto a la actividad (que responde a la pregunta ¿qué hace?) como a la estructura (que alega datos al cuestionante ¿quién hace?). En resumen la necesidad en sí que se pretende satisfacer así como la entidad responsable de tal labor. En nuestro país, en ambos casos, tenemos serias falencias que han hecho de la gestión pública algo muy criticado a pesar de las buenas intenciones de varias autoridades que, en su momento, han intentado solucionar problemas que atañen a la “cosa pública”. Y es que la entidad, responsable de satisfacer una determinada necesidad, se copa de gente que ingresa en funciones por favor político y no por capacidad; y ello sucede en la administración municipal, la regional y la nacional. Y limpiar la imagen de ese pantano con aguas estancadas no es fácil, no es tan “sencillo” como un simple anhelo, es muy complejo y depende de muchos factores, lamentablemente no sujetos solo al conocimiento técnico (que sería ideal) sino más bien muchas veces sometidos a las decisiones de tipo político que puede tener varias aristas, no siempre transparentes o coherentes. Esta insana situación pasa en materia pública en un sin fin de temas, desde los más importantes como la salud o la seguridad, hasta los más recientes como la educación. Ese mastodonte pesado y poco eficiente que es la administración pública tiene falencias gruesas que deben corregirse. Por ello, así de simple, es que la señal que ha dado el municipio al cortar de tajo una de estas ramas podridas, es muy buena, y esperemos, como ciudadanos de a pié, que sea solo la primera de muchas otras correcciones que deben hacerse. Ya varias críticas se han vertido sobre las flamantes autoridades, y los punzantes argumentos han caído sobre los que ejercen la cosa pública como la catarata se abate sobre la roca. Muchas de estas detracciones llevaban consigo razón y lógica, muchas otras eran abusivas y carentes de ética, otras cargaban solamente fines políticos y hasta torpes intenciones; y eso les pasa a los que más y a los que menos, a los oficialistas y a los opositores, porque en la gestión pública la política manda y tristemente se impone. El día en que esto cambie, el momento fabuloso e ideal en que lo técnico y lo racional se imponga sobre lo político, morirán los corruptos, se marchitará la burocracia y tendremos otro país.

lunes, julio 6

¿Dónde termina mi libertad?

Santo Tomás de Aquino afirmaba: “Mi libertad se termina donde empieza la de los demás”, en clara alusión a que el respeto es base fundamental para la coexistencia social. Mismo principio, que el empleado por Jean Jacques Rousseau (1712 – 1778) cuando planteó el Contrato Social como aquel orden que determina el respeto a las leyes o principios que establecen la existencia de un Estado y un orden social, y que es aceptado voluntariamente por los miembros de la comunidad que la conforman. respetando, entonces cada uno de estos integrantes sociales a sus pares para poder juntos vivir. Ya antes, Thomas Hobbes (1588-1679), consideraba que los seres humanos en su original entorno (el estado de la naturaleza) decidían ceder parte de sus libertades a cambio de la protección de un soberano fuerte; y luego de él, John Locke (1632-1704), reafirmaba esta tesis contractual bajo la óptica de que todos los humanos acordaban con los demás para reconocer un determinado tipo de gobierno, aún con la facultad posterior de modificar o abolir dicho convenio. En tiempos más recientes, John Rawls (1921 – 2002), en su libro La Teoría de la Justicia, los seres humanos dejan sus diferencias e intereses propios (velo de ignorancia, a su decir) y se acogen a unos principios generales de justicia que les permiten vivir en sociedad. La lógica supondría, que aquí o en el otro extremo del mundo, estos principios que suenan hasta lógicos puedan ser pilares de la existencia misma de las sociedades. Y en tal sentido es evidente que se manifiestan y nos permiten convivir entre usted y yo, su vecino y su amigo y hasta con quienes puedan considerarse no tan amigos. Pero no sucede en todo, y muestras de esto las podemos ver en los diarios de nuestra ciudad cotidianamente, y no podría listar todos los casos pues el espacio no sería suficiente, mas creo reflexivo referir ciertos ejemplos: La libre circulación es, quizás, el ideal que en nuestro país estamos más acostumbrados a violar y que es pisoteado por toda organización social que así lo considere necesario; de este modo y bajo esta forma de pensar, bloquean los vecinos por un tema pequeño y también lo hacen a nivel nacional si lo ven conveniente. El acceso a la educación es otro que ha sido desgarrado en tiempos que aún hoy vivimos, el más claro ejemplo: la toma violenta de la universidad estatal por grupos radicales que obliga a la gran masa estudiantil a replegarse y no acceder a un derecho que le corresponde;, en esta misma línea la lógica del acceso al trabajo se la limita a quienes allí desempeñan sus funciones, sean estos docentes o administrativos; y más allá de considerar si el pedido es, o no, justo, los medios son totalmente inaceptables. La misma corrupción, tan común y tan dañina, tan fría y gris que se ha vuelto parte de la lógica diaria de la población, ataca desde el que da la coima por evitar una multa (y que va a “dar la mano” al oficial de tránsito con un billete de cierto corte en busca de un castigo menor) hasta el que recibe porcentaje por favorecer en un proceso administrativo mayor. Y en todos los casos se rompe el balance del respeto entre nosotros, cada día, cada segundo y en muchos lugares. La libertad de unos se impone por sobre la de los otros. Bolivia es un país maravilloso, bien lo sabemos, pero aún nos falta mucho por aprender. Y la falla no solo está en el sistema en sí, no radica en que nuestra Selección de fútbol no vuelva de sus torneos con premios, no implica que solo las autoridades hagan todo bien (aunque mucha responsabilidad sí tienen), o que el otro es siempre el eterno culpable. Lo más importante es lo que cada uno de nosotros puede hacer, el respeto que podemos dar a la correcta libertad del otro sin que esto implique que mi libertad sea afectada, en ese equilibrio, en esa delgada línea es que radica el éxito que aún no hemos podido encontrar.