lunes, septiembre 28

Un Estado fuerte y centralizado

En la Francia de Luis XIV, conocido como el Rey Sol, se estilaba el centralismo de poder como un medio de control total sobre el territorio francés. En esta época, segunda mitad del siglo XVII, Europa había abandonado una extensa crisis demográfica económica y política, quedaban en la historia la Guerra de los 30 años, las revueltas de campesinos, las revoluciones y los cambios de regímenes políticos en países como Inglaterra, los problemas de los Países Bajos y otros sucesos que hicieron de este siglo un tiempo bastante complejo. Francia creció y fue poderosa, y por mucho fue el país mejor armado de Europa y contaba con una fuerza militar impresionante y una marina de guerra especializada, pero su pueblo no era libre y el disentimiento estaba proscrito. Los logros franceses de aquel tiempo se los realizó a costa de que su rey, importante personaje en el ámbito internacional y decisivo en el ámbito interno, adoptó unas políticas de centralización y unificación estatal que fueron conocidas como el Absolutismo, régimen que exaltaba el carácter mayestático de su rey y que lo entroniza como juez y parte de todo, y que por ende y lógica consecuencia, implicaba que toda voz en contrario sea acallada. En la época de Luís XIV esta política unidireccional se aplicó contra la Iglesia, contra los Estados Generales, contra los Hugotones (impuso la Unidad de Fe) y contra todo aquel que sea contrario a lo que imponía el Rey Sol. La centralización del poder es un elemento fundamental dentro la práctica y ejercicio del Absolutismo y le valió a Luis XIV, ser rey de Francia por más de 50 años. La semana que termina, el oficialismo manifestó una lectura política muy propia, en sentido de que el rechazo a los estatutos propuestos por personas afines al partido de gobierno, significaría un apoyo a un Estado central fuerte. Lectura más equivocada no puede haber y amerita un breve pero concreto comentario: En las elecciones recientemente realizadas, se hizo evidente que gran parte de la población votó contra la actual gestión de gobierno, si bien no contra una propuesta en particular expresó un descontento contra una gestión que ha manifestado sus intentos de prorroga en un mandato que se suponía limitado por una Constitución por ellos mismos aprobada. Cabe acotar que el fin de semana pasado, pocos de los electores realmente sabían lo que los estatutos indicaban y a muchos no les interesaba saberlo, y si bien el régimen autonómico, es un régimen superior que el régimen centralizado, aún cuando también menor que un régimen federal, el “no” manifestado en las urnas fue un rechazo al poder reinante. Este rechazo, a ojos de propios y extraños, debiera servir de reflexión a las autoridades en ejercicio de gobierno, para promover una auténtica democracia en la que la alternancia de poder permita un pensamiento plural y garantice la libertad de las y los ciudadanos del país.

martes, septiembre 22

El Estado Soy Yo

El año 2007 publicaba en mi columna, una nota titulada de idéntica forma que esta: “El Estado soy yo”. Ese febrero escribía en alusión a las intenciones del extinto Hugo Chávez de asumir súper poderes en la otrora rica Venezuela, la misma que hoy se desangra entre la escasez y la tiranía (dichos poderes apuntaban a la reelección indefinida, gobernar por decreto con aprobación de un órgano legislativo dominado por el Socialismo del Siglo XXI, entre otras medidas). La columna en sí era una crítica a las intenciones totalitarias del entonces líder venezolano, y triste pero cierto, hoy atribuyo similar título a una nueva columna pero que debe hacer referencia al presidente Evo Morales. La frase en sí, es atribuida a Luís XIV y la habría dicho a la edad de 16 años y cuando corría el año 1655 en la entonces Capital del Mundo: París. Su simbolismo, más allá de la veracidad de su origen, ha reflejado el Absolutismo y el dominio de poder en una sola persona. Contraria a esta idea está el planteamiento del Barón de Montesquieu, quien en su obra El espíritu de las leyes (1747) plantea el sistema de separación de poderes en el cual el poder del Estado se divide en el órgano legislativo, ejecutivo y judicial, con un sistema de contrapesos que permite un equilibrio que evite detentar el poder en uno solo. Hace tiempo ya que en nuestro país la teoría de la división de poderes, se ha visto dañada por la política local, por la viveza y la ambición de poder. Y hoy, más de dos siglos y medio después de Montesquieu, y a tan solo ocho años de las ambiciones infinitas de poder del difunto presidente Hugo Chávez, surgen similares intenciones en el corazón de América Latina, en nuestra amada Bolivia. Ya la última elección del presidente Morales, bajo la lógica de la Nueva Constitución, era una interpretación hasta burda de la norma y una manipulación evidente del poder, cosa similar a la que hoy cometen nuevamente los sectores afines al gobierno. Pero no otra cosa se esperaba de quienes en su momento manipularon la ley a su antojo, y quizás lo más preocupante no radique en un frente oficialista cuyas razones son por demás claras. Lo triste es que no se presentan, hoy por hoy, otros posibles liderazgos notorios y claros que permitan una alternancia en el poder que vaya en beneficio del país, sean estos opositores o no a las políticas de gobierno adoptadas por la gestión hoy vigente. Una alternativa real permitiría ejercer en los hechos la pluralidad de pensamiento que debiera existir en un sistema democrático. Y se precisan líderes nuevos y transparentes, honestos y éticos y más técnicos que políticos, que promuevan la iniciativa privada y a la vez que respeten las políticas sociales y equilibren, una sociedad compleja como la boliviana. En tanto esto no se presente, el centralismo autoritario hoy vigente no cederá en sus pretensiones ni en las elecciones siguientes ni en sus imposiciones cotidianas. En suma y de manera sencilla: no, no estoy de acuerdo con una reelección, no porque el Presidente lo hubiese hecho mal o bien (eso la historia lo dirá), sino porque la concentración de poder en una sola persona por mucho tiempo, deriva en la tiranía y ello a su turno se transforma en opresión y finalmente en dominación, y eso es algo que no deseo para mis hijos.