lunes, marzo 28

Se nos muere el mundo

La Constitución Política Plurinacional reza que en Bolivia las personas tienen derecho a un medio ambiente saludable, protegido y equilibrado (Art. 33). Esta visión que también tiene su paralelo en la retórica del Presidente y de un sinfín de autoridades y que ha motivado, a su turno, la realización de reuniones en las que mucho se habla pero poco se hace, resulta insuficiente a la hora de medir el impacto ambiental que estamos teniendo en nuestro entorno natural. El mundo se nos muere, y para peor no es que sólo se muere, sino que lo estamos matando. Y este mal se extiende a escala global, y de nada pareciesen servir las reuniones internacionales que ya hace mucho tiempo se realizan alrededor del globo: Estocolmo (1972), Ginebra (1979), Viena (1985), Montreal (1987), Basilea (1989), Río de Janeiro (1992), Berlín (1995), Nueva York (1997), Nairobi (1997), Kioto (1997), Johannesburgo (2002), Copenhague (2009) o la última Cumbre del Clima en Francia (2015), entre muchos otros intentos por respetar nuestro entorno. Y en el mundo han ocurrido desastres ambientales mayúsculos, catástrofes que nos llevan a la triste conclusión de que lo peor que tiene este planeta es la humanidad. Y esa receta, ese mal de males, se repite también en Bolivia y ejemplos existen varios: el Lago Poopó, la Laguna Alalay, el Río Rocha, los daños que derivan de la mina Huanuni, la basura que cada minuto producen las ciudades del país, y un infinito listado de malos hábitos de los cuales somos responsables todos. Y están las autoridades que pareciese no pueden hacer nada, por falta de presupuesto, a veces, aún cuando sí hay plata para inaugurar canchas a diestra y siniestra, o a veces porque no les da la gana o la capacidad no les alcanza. Y está la población, que a más de marchar o reclamar (o, como yo, escribir) nada más hacemos; y vivimos amarrados a nuestras obligaciones, a pagar la renta, a cumplir con el trabajo, a dedicarnos al cotidiano vivir mientras se nos muere el mundo. Así transcurre cada día, envueltos en el morbo del caso Zapata, en las ambiciones desmedidas de un presidente que pareciera no acabar de entender que “Bolivia dijo no”, en la pelea con Chile, en la corrupción, en los bloqueos, en los intereses sectoriales. Y estamos aburridos del Presidente Morales, del Vicepresidente García, de los ministros de estado, de los dirigentes sindicales, de los líderes sectoriales, de la oposición, del vecino que deja su basura en la calle, de aquel que estira la mano y deja caer del vehículo basura y de todos los que somos pasivos en un tema que es demasiado importante como para dejarlo de lado. Si la naturaleza pudiese demandarnos, todos seríamos sujetos de ser acusados de asesinato. Recuperar la laguna, limpiar el mundo, respetar a otros seres vivos, sería solamente el inicio de una larga lista de obligaciones que nos enseñarían que nosotros no somos los dueños del mundo y que solo somos una parte, una parte muy pequeña de un entorno mayor al cual deberíamos respetar más.

lunes, marzo 14

La punta del iceberg

El ser humano, dentro lo maravilloso que puede ser, también esconde la receta inexorable de aquel que ansia con vehemencia el poder; del que pretende, aún a costa de lo incorrecto, ejercer y asumir las mayores facultades para que en él, y sólo en él, resida la máxima decisión. Y la práctica del gobierno no excluye dicha fórmula: la administración pública detenta poder y reproduce la lógica de éste para todos aquellos que, de una u otra forma, asumen su ejercicio y pueden tomar decisiones. A la par, los que se benefician de éste (no únicamente el poderoso), pueden ser varios y de distinto tipo, y así, por este poder, por esta angurria, se obvian procesos y se aceleran trámites, se “charla” y se “mete no más” sin importar consecuencia alguna. La semana pasada se publicaba en Los Tiempos que la gestión gubernamental otorgaba por vía directa el 63% de la inversión pública, lo que equivale a un total de 375 mil millones de bolivianos en diez años de gestión gubernamental, esta noticia, que si bien no posee el morbo que reviste el caso Zapata, es, a todas luces, un dato preocupante ya que bien puede implicar que lo que hasta ahora se ha visto solo es una pequeña parte de un mal mayor. Estos datos (extraídos del portal del SICOES), exponen, de un modo terrible, que la otrora excepción, es hoy la regla, y que ésta bien puede ser el puente para un mal mayor, un endémico proceso de corrupción que siempre absorbe al poderoso, al que se cree capaz de todo y el que decide sobre los demás. Se afirma, en dicha noticia, que más del 90% de las megaobras con las que el Gobierno Central pretende encandilar a un país sumido aún en la pobreza han sido producto de adjudicaciones directas. Al parecer, lo afirmado en la campaña por el No, respecto al nacimiento de una Burguesía Azul, tiene fundados motivos de ser real. Y, seguramente, correrán las maletas cargadas de comisiones, y habrán más “personas de enlace” y los poderosos recibirán el diezmo que ambicionan y que les permite seguir comiendo del poder; y usted, y yo, y todos aquellos que pagamos impuestos continuaremos alimentando a la bestia corrupta e infecta que nos devora día a día y obra con obra. Y, allí están los datos y los medios los denuncian porque sencillamente, es lo correcto. Y vemos en los hechos las obras adjudicadas de manera directa, y tenemos así (incluidas las iniciadas, en curso, finalizadas, contratadas y desiertas): la carretera Oruro – La Paz, Tramo Ivirgarzama-Ichilo, la Planta de urea y amoniaco de Bulo Bulo, el Proyecto Hidroeléctrico Rositas, Tranvía Santa Cruz, Planta industrial de sales de potasio, San Buenaventura, tres perforadoras para Yacimientos Petrolíferos Fiscales Bolivianos, el estadio para los Juegos Odesur y quien sabe cuántas más habrán, porque mi buen lector, esto es sólo la punta del iceberg.