lunes, abril 25

Don Quijote se ha hecho urgente

“En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme”, es la frase inicial de la obra cumbre de Miguel de Cervantes Saavedra, Don Quijote de la Mancha, y es quizás el inicio más famoso de novela alguna de habla castellana, la historia que relata el español nos describe de un modo sublime y maravilloso la vida de un “hidalgo, de los de lanza en astillero, de cincuenta años de edad, de complexión recia, seco de carnes, enjuto de rostro, gran madrugador y amigo de casa, cuyo tiempo de ocio se daba a leer libros de caballería”, derivando su obsesión en la locura del hidalgo; tal cual relata el mismo Cervantes Saavedra, “del poco dormir y del mucho leer, se le secó el cerebro”. De este modo el personaje de esta famosa novela emprende aventuras creyéndose un caballero andante, pretendiendo con ello “aumentar su honra y acrecentar el servicio de su república”. En sus travesías enfrentará ilusorios enemigos y defenderá damas en apuros, y si bien su locura está bien rematada, sus nobles principios lo hacen un hombre abundante en honor, en ética y en valores que hoy pareciesen perdidos. Y es que el Quijote de Cervantes es un loco, sí, pero es un loco bueno, y hoy, cuatro siglos después de la muerte de su autor, nos damos cuenta que nos faltan quijotes. Y es que Don Quijote se ha hecho urgente, más necesario que nunca en una sociedad en la que los políticos, con todo y su fresca carroña no han cambiado y siguen sembrando pestes en los pantanos de la desgracia mientras sus pasillos se inundan de poder y dinero, y así seguimos escuchando que el poderoso afirma que “el pueblo no se dejará engañar por la oposición y todo lo malo es culpa de aquel de allá y del que vive a la vuelta, pero nunca mía” y el opositor sigue arguyendo que “defenderemos la democracia a como dé lugar, porque la democracia somos nosotros y el que diga lo contrario es un enemigo de la patria grande, de aquella que sólo nosotros entendemos y nadie más”. Así es que en este panorama se ha hecho más esencial la presencia de un Quijote, de un soñador, de un idealista que vaya contra el fango del morbo en el que nada la sociedad, de alguien que no sea tan común y corriente como somos todos, como usted o como yo, o como la vecina del frente que pregunta: “qué habrá sido de la Zapata, ¿verdad compadre?”, y el otro responde “el otro día salieron sus fotos tal cual vino al mundo, vaya usted a creer”, como si fuese eso importante, como si esa fuese la cuestión de fondo, como si la Zapata fuese lo que nos da de comer. Y así, mezclados entre el morbo y la indiferencia, los quijotes han desaparecido y han quedado en su lugar un montón de sujetos que bañados en el egoísmo nos dirigen y se dejan dirigir. Cuatrocientos años han pasado desde que el Manco de Lepanto nos abandonó, y aún hoy extrañamos que más locos como Don Quijote puedan liderar las causas nobles y defender a las damiselas en apuros, porque nos faltan valientes, porque nos resultan escasos los hombres y mujeres éticos, y porque en cambio nos sobran los corruptos, los mentirosos, los infieles y los desgraciados, y por si fuera poco, hasta nos gobiernan; y para mal de males hoy, nosotros también somos así, más desgraciados que la desgracia porque ya no nos interesa el otro, porque somos cuerdos, sí, pero somos egoístas. Quizás es tiempo de pensar que entre la locura de Don Quijote y la cordura del egoísmo, debiéramos creer más a los locos.

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