sábado, abril 30

Los molinos del tiempo

Cabalgaba él tan seco de carnes como se lo había visto ya hace cuatro siglos atrás, enjuto de rostro como lo había parido su madre mucho antes de que se obsesione con las historias de caballeros y con el cerebro aún seco por tanto leer y por tan poco dormir, le acompañaba aún el hombre bajo y fofo que en otro tiempo fue un labrador y que tuvo la dicha o la desdicha, dependiendo desde donde se vea, de ser elegido como escudero a cambio de una ínsula y en cuya travesía gano dolores y pesares aunque también muchas aventuras y aprendizajes, y dice la historia que el valiente hidalgo buscaba entre las sobras de la vida a quien otrora fue el amor de su vida y que él denominaba Dulcinea del Toboso, y la buscaba removiendo las tinieblas de la muerte y la anhelaba como la noche desea el amanecer y aún así no la encontraba. Y sucede que en esta hojarasca de aventuras que eran su vida, comentaba el escudero, quien por cierto se llamaba Sancho Panza, ya estoy harto mi Señor, porque esto no es vida y si fuese no sería así y hasta ahora no recibí ni la punta de una ínsula y así se quedaba hablando hasta que la noche les ganaba al paso mientras su caballero, a quien los que le habían conocido le llamaban Don Quijote, le replicaba, calla ya hombre de poca fe que lo que ésta vida te ha dado es más de lo que mereces, y con una mirada seca y árida como su piel le ponía en el lugar que merecía. Al morir la noche y al nacer el nuevo día vio el hidalgo los perfiles de una nueva ciudad, una urbe cargada de largas edificaciones que parecían rascar el cielo, con infinitas calles por las que deambulaban incesantes carretones metálicos jalados por caballos invisibles y cuyo aire era gris como si un incendio eterno estuviese quemándola poco a poco, y quiso acercarse pues los valientes son curiosos por naturaleza, y se acercó con paso firme y gallardo sobre un Rocinante que era hoy la sombra del de ayer y a su lado, sin desayuno y aún con hambre, Sancho Panza, y gritó Don Quijote, gigantes, gigantes, al ver frente a él largos y blancos molinos que movían sus aspas como brazos amenazantes, que era lo que él veía, pero eran molinos y así le insistía Sancho Panza pero el hidalgo no le creía pues no era posible que sus ojos le mientan y sabía que eran sus enemigos y a los enemigos había que derrotarlos con todas las artes de las caballería y debía vencerlos con honor pero derrotarlos igual, y tomó su arma en una mano y con la otra se tomó el corazón y se encomendó a su señora Dulcinea pidiendo su socorro, y apuntó la lanza, y corrió con brío sobre su corcel y embistió al primer molino que se le interpuso y con rugido de monstruo el aspa tumbó caballero y armadura, y al molino no le interesó que a él se le enfrentaba el famoso hidalgo Don Quijote de la Mancha y lo volteó igual pues para el molino le iba bien o mal quien le atacaba, y Sancho Panza se tomó la cabeza y se dijo a sí mismo, yo y mi cabeza sin sesos, pero esto ya ha pasado antes si lo recuerdo como si fuese ayer, válgame Dios, y corrió hacia su merced para buscar en los ojos trastornados un destello de razón, pero el Quijote yacía muerto, porque esta vez el molino había ganado, pero había ganado definitivamente y la muerte se le acercó temible y gigante y una sombra cubrió todo y una voz profunda dijo, por fin Quijote, por fin te moriste, después de tantas resurrecciones por fin te fuiste, pero Sancho abrazó el cadáver de su amo que se hizo frío y con gritos le exigió a la muerte que se fuese, y le dijo que su amo no estaba muerto, y la muerte rió y Sancho se hizo diminuto y en esa insignificancia lloró y lloró sobre su Quijote y no le importó que Rocinante también yacía muerto ni que la muerte podría llevarle también, sólo quería a su amo y gritaba que ya no ambicionaba la ínsula ni nada en el mundo y que todo lo cambiaba por la vida del hidalgo, pero el cielo estaba vacío y nadie le escuchaba. Sucedió entonces que la muerte sintió el inmenso vacío, y en su desenfreno de egoísmo se dio cuenta que el que le había evadido tantas veces se había muerto y se preguntó a sí mismo, carajo qué haré ahora, y no supo que responderse, y el mundo entero se pintó triste pues el idealista estaba ausente y la muerte sintió miedo y lloró y prefirió irse, porque lloraba por el Quijote, porque se sentía vacía, porque ella quería ser Dulcinea, y al irse la sombra de su poder se desvaneció y entonces el hidalgo despertó y maldijo a la muerte por no llevarle y denigró al sabio Frestón por cambiarle los gigantes por molinos y sólo el abrazo cálido y sincero de su escudero le volvió a la realidad y dijo, ya, ya muchacho deja tanto llanto ni que me hubiera muerto, y subió sobre Rocinante que también evadió a la muerte y siguieron el camino de la vida, porque Don Quijote no puede morirse, porque la muerte le ama, porque la vida es muy corta para un hidalgo tan grande, porque el mundo necesita más Quijotes que hombres cuerdos. AUTOR: RONNIE PIÉROLA GÓMEZ EMAIL: Ronniepierola@gmail.com FUENTE GRÁFICO: "El Quijote Liciado" tomado de archivos públicos de internet. #MolinosQuijote.

1 comentario:

edgar dijo...

Creo que es un clásico,,,incomparable no solo para los que hemos leído...tan hidalga obra...si no... que es la obra mas importante en España...el artículo muy bien escrito, felicidades, adecuado a lo que en esta época, hacen falta más quijotes y menos gente, que solo saben hacer daño, ambiciosos, gente que ya no tiene amor al prójimo, todo es dinero..hacen lo que sea por ello, ya no hay moral, principios, ética, y así nos iríamos decepcionando cada vez más de lo que ocurre en el mundo...solo resta confiar en que Dios haga algo por todos nosotros.