jueves, mayo 26

El Padre Tiempo, la Luna y el amor

Los viejos párpados del anciano se levantaron de un letargo añejo y doloroso, sus ojeras, grises y aradas por la noche eterna parecieron extenderse por su pálido rostro encontrando en cada arruga un surco de recuerdos profundos e imborrables, elevó la mirada y el horizonte se tornó rojizo, y luego una claridad blanca y tibia se sintió, era el amanecer; la primera salida del sol tras décadas de eterna oscuridad. Recordó entonces aquella noche en que realmente la vio por primera vez, la había contemplado muchas veces antes pero nunca como aquel abril de mi desdicha en que decidí parar, sí, por primera vez desde el inicio de la existencia me sentí agotado y dejé de lado el impulso a los segundos, el cargar eterno de los minutos, el empuje perenne de las horas, el asedio constante a los días, el orden permanente de los meses y el andar pesado de los años. Eleve la mirada, la vi, blanca como las miles de noches en que cruzó sobre mi cabeza, pálida y fría como la desdicha de amarla y no poseerla, y la amaba, sí, la ansiaba para mi, y por primera vez mi viejo corazón latía por alguien, y decidí tenerla, y la seguí caminando por quebradas y desiertos, arrastrando mi amargo corazón de relojero por llanos infinitos, dejando siempre un reguero de suspiros inconformes que detenían el tiempo por donde avanzaba, y sin importar lo que podía suceder con todo y con todos paré mis labores y nadie empujó más los segundos y los minutos cayeron pesadamente en un aletargamiento que se extendió a las horas que frenaron crujiendo y que terminaron derrumbando el ciclo del tiempo, y fue noche por siempre, y los hombres abrieron los ojos ya cansados de tanto dormir y salieron a sus ventanas y afuera todo era oscuridad y sólo la luna brillaba altiva y ningún amanecer brotaba nunca, y salieron de sus casas con temor y en reuniones de miedo desmenuzaron cuánta razón pudieron para tratar de explicar el extraño suceso y no encontraron respuesta, y nadie moría y nadie nacía, y los más viejos seguían viviendo, y las embarazadas pasaban meses con los niños en sus vientres pero no terminaban de nacer, y como nadie sabía lo que sucedía la única salida posible fue acostumbrarse a la noche eterna porque el tiempo no pasaba y se acostumbraron a cantar el Happy Birthday To You en cumpleaños inventados hechos sobre la base de algoritmos que los más inteligentes inventaban para tratar de sobrellevar la adversidad, y pasaban las navidades con la duda de si realmente esa fecha era siquiera coincidente con los tiempos que conocían, y a lo lejos se podían ver las innumerables velas que usaban, y la iglesia salió diciendo que era un castigo divino y la fe se volcó sobre todos y los templos se llenaron y las misas iban unas tras otras y ya no pedían el pan de cada día sino el pan de cada noche y no faltó quien afirmaba que de nada sirve tanta oración, que lo que pasó ya pasó y que estamos en el infierno y que así había sido compadre, quién iba a decirlo, y no parece tan terrible, ¿no cree usted? afirmaba Don Porfirio Palacios, y le increpaba su mujer, Doña Apolonia Serrano, ¡qué hablas babosadas! le reprochaba porque ya no quería ir a misa y le decía que lo mejor sería que ore para purificar esa alma de alcohólico en escabeche y luego de persignarse se marchaba refunfuñando como saben hacerlo las damas de carácter, y Don Porfirio Palacios se quedaba con su compadre analizando si es que aún era su esposa, porque decían que si están en el infierno ya no es vida, y el acuerdo era estar juntos hasta que la muerte los separe, ¿verdad compadre? si la muerte nos ha separado ya, entonces no es mi mujer y me vale madres la opinión de ella y el compadre afirmaba con la cabeza y decía, mejor tomemos otro agua ardiente mi cumpa que para estas cosas del amor yo soy malo. Pero las plantas que necesitaban sol morían y los bosques frondosos de antaño se volvían raquíticos y los animales se escondían y la vida menguaba mientras el amante eterno seguía persiguiendo a la luna, y la miraba desde abajo, y estiraba el brazo sin poder alcanzarla y por muchos años estuvo así, mintiéndose con la farsa de, al menos le hago compañía, o el engaño propio de, por lo menos se deja ver, pero la luna seguía altiva, pero un día bajó por primera vez la mirada y vio que el mundo sufría, y vio los árboles esqueléticos meciéndose con un viento indolente que se había congelado en un soplido eterno de desdicha, vio los viejos que no morían, vio las mujeres embarazadas y comprendió que hay amores que matan y el suyo era así, y vio a la luna y la miró largamente y le lanzó un beso que nació de sus agrietados labios y le dijo, siempre te amaré, y tomó aire y empezó a empujar nuevamente los segundos, a exprimir los minutos, espoleó las horas y éstas presionaron a los días y así se movieron las semanas y los meses y los años y el tiempo volvió su andar, y el mundo entero sintió un regocijo, y las plantas también vieron el horizonte rojizo de la llegada del amanecer y las montañas temblaron de anhelo y los viejos se alegraron pues morirían, y las mujeres sintieron el dolor del parto, y salió el sol y la luna se ocultó, y el Padre Tiempo sintió la amargura del amante olvidado, pero se juró adorarla y siguió su faena y nunca más se detuvo, pero cuando es de noche trabaja lento para contemplarla más, y su amor no ha disminuido, porque el amor verdadero no mengua como la luna, el amor eterno se toma su tiempo. AUTOR: Ronnie Piérola Gómez E-mail: ronniepierola@gmail.com Telf: (591) 77458989 (Imagen tomada de internet)

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