lunes, junio 20

El mundo en el que vivimos

Omar Matten ha cometido un acto terrible, a sus 29 años su nombre es sinónimo de muerte, ha nacido en suelo norteamericano pero se declaró leal al grupo radical autodenominado Estado Islámico, trabajó como guardia de seguridad y muchos afirman que manejaba un discurso de odio y resentimiento, su ex esposa lo calificó como alguien inestable emocionalmente, su fanatismo le llevó a perseguir la causa más ruin de todas: la intolerancia. Tras sus pasos deja un río de sangre que nos recuerda ahora que las diferencias entre unos y otros van ganando cada vez más terreno en un mundo que día a día es menos amigo y pareciera ser más sombrío. Ayer los muertos tenían una u otra preferencia sexual, mañana bien podría ser un grupo de monaguillos o una reunión de madres, podría ser su mejor amigo o su peor enemigo, el hecho, atroz e indignante se ha perpetrado contra el ser humano en sí, porque todos, seamos negros o blancos, lindos o feos, pobres o ricos, gordos o flacos, homo o heterosexuales, somos parte de una sola humanidad. Y es que no existe fundamento para justificar matanza alguna, los radicalismos que hemos inventado en nuestros dolores más extremos o en nuestras aspiraciones más profundas han dado lugar al nacimiento de radicalismos que hoy nos dejan luto y dolor. En esta lógica el ser humano ha desarrollado su mente ampliamente y ha identificado miles de argumentos para hacernos distintos, así han surgido cientos de religiones que desde la primera hasta la última han logrado separarnos más en vez de unirnos; y han emergido también los miles de discursos de superioridad de los unos contra los otros, por color de piel, por riqueza, por conocimiento y hasta por lugar de nacimiento, y así es que hoy lamentamos que seamos más diferentes que ayer, y que cada minuto nos separamos más y nos toleramos menos. Somos intolerantes porque sí, no aguantamos al otro por el simple hecho de que es él y no yo, y nos seguimos fijando en lo distinto que el otro es, en vez de fijarnos en aquello que nos hace comunes, creemos lo malo de los otros con facilidad y nos cuesta creer lo bueno porque así decidimos ser, y terminamos etiquetando al otro bajo algún rótulo: el gay, el viejo, el judío, el gordo, el feo, el deshonesto, la perra, el idiota, el k`ara, el indio, el feto, el choco, y así, uno y mil adjetivos con los cuales marcamos al que consideremos distinto, olvidando que, en el fondo, todos somos personas. Omar Matten será recordado como el loco que masacró a un grupo de gente en Estados Unidos, pero su accionar nos recuerda que solamente viviremos en paz cuando veamos sólo aquello que nos hace similares en vez de mirar lo que nos hace distintos.

lunes, junio 6

El poder y el gobierno

El hombre ambiciona poder y el poder crece en la misma medida en que el poderoso lo ejerce y bajo su sombra de dominio crece la voluntad del que manda y se achica la voz del que discrepa, y el poderoso se enceguece y los que lo rodean le adoran al punto de, por él, llegar a la mentira y a la eterna justificación, perdiendo en ello la certeza de la objetividad, la moral de la razón y por ende la capacidad de guiar. Y si bien hemos visto que el poder puede amar y favorecer a quienes con él comulguen, también puede odiar y destruir, y cuando el poder odia lo hace con pasión, con el ansia del león que devora y muerde desgarrando la piel, masticando el músculo y fracturando el hueso, y no hay expresión de poder mayor que el Estado, no existe ente de organización más sólida que regule la vida de los hombres y no hay fuerza más certera que haya servido, desde siempre, como instrumento de dominación y opresión. Así el Estado ejerce el poder y sabe bien cómo usarlo, y ésta facultad destruye y su odio mata, y el que maneja el poder del Estado es el Gobierno, y bajo las mieles del poder olvida que fue elegido para servir y no para servirse, y entonces prefiere dominar y termina por empaparse de esa orgía de autoridad y le gusta y persigue perpetuar su imperio y olvida que ejercía sólo un mandato y que la autoridad no le fue regalada sino que sólo es un préstamo, y en el camino atropella a todo contrario y bien puede quitarte tu título profesional a través de su Ministerio de Educación como puede mandarte arrestar por criticarle. Y devorando el poder puedes detener al que se te oponga porque te vale poco lo que diga Montesquieu, si igual le vas a meter y el poder judicial no será independiente y el que esté contra ti es quien debe preocuparse pues le meterás juicio sobre juicio y emitirás mandamiento sobre mandamiento, y puedes tener tu propio himno y tus decenas de canchitas con tu nombre y los colegios que se llamen como tú, y tu nuevo palacio de gobierno y dar sólo los bonos que te convienen, y tu moneda del Bicentenario y si alguna vez el pueblo te dice no, igual no importa, porque esas son vainas, tú bien sabes que luego nos inventamos un «segundo tiempo» y ahí ganamos, y no te aflijas tampoco por la plata, de qué plata te preocupas si esa no es tu plata, ese plata es del pueblo y al pueblo todos le engañan y nadie reclama. Entonces vive tranquilo porque tú eres todopoderoso y serás rey por siempre. Pero lo más viejos saben bien que todo se acaba, por muy fuerte y poderoso que sea se termina, y ese día, cercano o lejano, llegará, y los que una vez se hartaron del poder y abusaron de él, otro día serán las víctimas de los nuevos poderosos, en un ciclo interminable de idas y venidas en las que usted, yo y el ciudadano corriente, sólo somos fichas de un juego mayor.