lunes, agosto 15

El gobierno, el poder, la corrupción y los Pokémon

El gobierno es la expresión mayor de la gestión pública, ejerce por naturaleza el dominio de la sociedad que se establece en los límites territoriales de dicho Estado y sobre él es que recae la norma jurídica que regula el accionar social; su desempeño, a un nivel histórico, ha estado marcado siempre por la facilidad con la que aquellos que ejercen dicho mando caen en las redes del beneficio propio, del favor al amigo o del enredo propio de una maraña de procesos y trámites que burocratizan la vida de la gente y que tienen, mezclados entre sí, las aristas filas de la corrupción. Y en ese entramado de poder y abuso, es que la gestión de los gobiernos pierde una visión técnica y profesional, y dejan de mandar los que saben y pasan a ejercer control los que son políticamente hábiles, y así tenemos en cargos técnicos al más ignorante pero al mejor político, y nos habla bien pero no nos soluciona nada, y al no solucionar nada seguimos trabados en el fango de la conformidad porque sabemos que así siempre ha sido y así siempre será, porque el sistema tiene inserta aquella falencia eterna que la tuvieron los mismos creadores de la democracia, allá lejos en la Atenas de la Edad Antigua donde nació el sufragio y que no estuvo exenta de la manipulación y corrupción política; y así también está presente hoy en las más grandes democracias y son pocos los Estados donde esto se ha podido controlar y las gestiones son más técnicas y son manejadas por los capaces en desmedro de los amigos o los tira sacos, pero Bolivia no es el caso, aquí, desde hace mucho, la politización de la gestión pública ha sido siempre el rancio motivo por alcanzar el poder, por embadurnarse del control del otro y beneficiarse lo más que se pueda de ello, y así ha sido que la corrupción ha crecido como un pulpo insaciable cuyos tentáculos alcanzaron a todas las esferas del poder. Es quizás entendible entonces, porque hoy son prioridad las canchitas de barrio o el estadio de millones, y resulta asimismo de lógica deducción comprender por qué aún hoy subsistan problemas tan básicos como la escasez de agua o la falta de empleo, o la inestabilidad laboral o el poco respaldo a la inversión privada. El día en que el empresario sea el que genere empleo, el momento en que la iniciativa privada se desborde por la existencia masiva de emprendedores, el instante en que la estabilidad sea una regla y no la excepción, habremos dado un paso fundamental para el desarrollo y el progreso, pero eso precisa de una visión técnica de gobierno y lo que nosotros tenemos en Bolivia es una visión política, y en tanto no cambie seguirá siendo así, y más o menos problemas, seguiremos nadando en la melaza de la miseria. Quizás por ello es que hoy en día muchos prefieren olvidar las complejidades de la vida y aprovechan la efervescencia tecnológica para refugiarse en juegos y aplicaciones que nos permiten dedicarnos a la trata y tráfico de Pokémones o a la infinita posibilidad de conocer de todo y de todos en un mundo infinito de posibilidades donde el único límite lo pone uno.

lunes, agosto 1

La pesadilla del Imperio

Bolivia, país de montañas altas y nevadas, atravesada de valles ricos y llanos fértiles, un país situado en el corazón de América del Sur, bañada hasta el tuétano de una imagen de pobreza y marginalidad, embadurnada de un caos cíclico que la etiqueta de inestable y politizada en esencia y en ausencia, somos en pocas palabras un país pequeño en un horizonte enorme. Hace unos años hemos iniciado, como país, un proceso autodenominado del “cambio”, discurso político que tuvo sus buenos réditos en la campaña gloriosa del (también autodenominado) primer gobierno indígena, discurso que hoy en día se arrastra por los pasillos del poder entre sollozos de pesadumbre ante el desafío evidente de lograr una victoria futura sin el que fue su caudillo: Evo. Y si bien se han postergado las negociaciones del poder para un mañana aún por venir, es evidente que ya los líderes lanzan sus primeros globos de ensayo, sus “no me brindo ni me excuso”, sus “el pueblo decidirá”, sus infinitos juramentos de fidelidad y sus afanes de humildad que en el fondo reflejan la ambición que el ser humano tiene por naturaleza en su corazón, y lo que hasta hace poco parecía imposible se vislumbra ahora como el retoño tímido pero vivo del otoño del partido del cambio. Pero a pesar de esos brotes pequeños pero certeros, que no son otra cosa más que las señales claras del resquebrajamiento del poder, nos seguimos inyectando la dosis letal de que somos la “pesadilla del Imperio”, o del que somos “ejemplo de desarrollo”, pues en realidad somos sólo un remedo de adelanto, un calco aparente que no deja de ser hueco porque progreso real es que el empresario privado genere empleo, que el exportador ingrese capital efectivo, que la economía sea sana porque es sana y porque se vende y se compra en un mercado de libertades donde los que ganen deberán ganar y los que trabajen deberán trabajar, lo otro ha mostrado sus buenas intenciones pero no sus prácticos beneficios, y así han quedado las economías de izquierda inundadas de espanto y terror desde las repúblicas soviéticas, pasando por la hermosa isla del Caribe cubano hasta la Venezuela ensanchada de falsos beneficios que promovió el extinto Hugo Chávez y hoy mal heredó Nicolás Maduro en una suerte de carrera por saber quién jodió más al país. Porque así nomás no había sido, porque la economía es cosa seria y el progreso puede inflarse una y otra vez pero llegará un punto en que reventará y en el camino nos arrollará a todos A nivel de progreso y desarrollo lejos estamos de ser la pesadilla del Imperio, así como lejos estamos aún de un perfeccionamiento real. Sin embargo, y a pesar de las evidencias, para los altos jerarcas del gobierno de turno somos el plato principal del menú mundial, ignorando en sus alucinaciones de trasnoche del poder, que a lo sumo somos el limón cortado a la mitad que olvidamos en el espacio destinado a los huevos en el refrigerador. Quizás cuando dejemos de embriagarnos con los tufos de la autoridad y nos veamos en la desnudez de la realidad, podremos priorizar lo importante y dejaremos de lado las canchitas de fútbol y construiremos más hospitales y tendremos calles más seguras y la gente tendrá servicios básicos y un sinfín de otros temas que los que ejercen el poder tienden a ignorar sistémicamente cuando hacen horas nalga en el trono del poder.