martes, noviembre 20

El fin de la revolución a bala

El pasado miércoles, en la ciudad de Oruro, el Presidente Morales afirmó que en Bolivia “hemos aprendido que las revoluciones se hacen con la conciencia del pueblo, la revolución se hace con el voto y no con la bala…”, afirmación que amerita ser destacada y realzada ya que dicha mención implica una visión que requiere coherencia con las acciones que en los hechos debieran suceder en el país. Del discurso del Presidente se puede decir bastante, pero más allá del uso de ciertas terminologías o visiones que habrían – supuestamente - existido en diversas instituciones del país, y que también fueron objeto de comentario por parte del Primer Mandatario y que seguramente serán también motivo de otros análisis, es preciso resaltar un concepto de fondo que resulta importante, tanto por ser Evo Morales quien lo dijo, como por ser precisamente él quien lidera un partido político fundado, en esencia, en una doctrina de izquierda: el fin de la revolución a bala. Una revolución, conceptualmente hablando, es una transformación o cambio radical, respecto al modelo existente, es, en suma, un proceso de cambio, slogan esencial de exitosas campañas propagandísticas alrededor del mundo, y altamente efectivas también en Bolivia, tal el caso del gobernante MAS. Esta frase fue respaldada, revolucionariamente hablando, en variopintos actos y con multiplicidad de tonos, quizás en esto la carga de diferenciación andina fue incluso desmedida y fue, en tanto no se demuestre lo contrario, uno de los gruesos errores discursivos del partido gobernante. Quizás es por ello que seguro estoy, que este mensaje será bien recibido en diversos sectores poblacionales, ya que constituye una afirmación contraria al enfrentamiento, a la provocación y encausada hacia lo positivo de sostener la democracia. Es, por decirlo de manera resumida, un mensaje de paz en un árido terreno acostumbrado a la confrontación. Siguiendo la misma línea el Presidente Morales, hizo referencia a las FARC expresando su rechazo a este tipo de grupos terroristas, aspecto, por supuesto loable y digno de aplauso ya que rechazar el sistema ilegal en el cual movimientos como las FARC se mueven (caso Colombia) es fundamental para el desarrollo democrático, y debe – en todos los escenarios posibles – repudiarse toda lucha armada que pretenda obtener el poder “a bala”. Cabe ahora destacar ciertos elementos adicionales que deben considerarse, ya que contra el discurso de Evo Morales se enfrentan ciertas realidades que discrepan con la teoría expresada, ahí se cobijan en el hueco de la incoherencia las buenas relaciones con Irán (cuyo gobierno tiene cuestionables argumentos que restringen las lógicas democráticas), o más cotidianas e importantes aún las formas de sostener el poder según el masismo (aquello que Ortega y Gasset – aclarando el beneficio de inventario respecto a las visiones elitistas y la visión propia de fines del siglo XIX y primeras décadas del siglo XX - denominaba hiperdemocracia o democracia morbosa) , situación que deriva en imponer la voluntad oficialista con la presión de grupos de poder (cercos a autoridades legislativas, tal cual sucedió en ocasión de la Asamblea Constituyente, las presiones y concentraciones populares de grupos afines al MAS ya sea en la plaza principal de Cochabamba o en fechas tan nefastas como enero negro), esta democracia morbosa propia de las masas, no se funda en el sano diálogo que promueve el sistema democrático, sino en factores adicionales que solo se explican por la violencia (ejercida en los hechos o por medios psicológicos) con la que actúan, en cualquier caso contrarias en esencia con una revolución que rechace la bala. La democracia como sistema de gobierno debiera ser, como en esencia ya lo concibieron los Atenienses, el escenario en el cual se deben debatir las ideas que hacen al gobierno del pueblo, en este espacio no debiera existir un sistema de presiones, y evidentemente la única revolución posible sería de la del voto y no la de la bala. Queda esperar que las palabras del Presidente sean bien entendidas por sus militantes y que el llamado proceso de cambio deje de lado la bala y asuma al diálogo como salida plural y única para resolver los problemas del país.

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