lunes, julio 29

Francisco, un Papa diferente

Esta semana el papa Francisco visitó nuestro continente. Su primera visita oficial fue a Brasil en ocasión de la Jornada Mundial de la Juventud. Su presencia se salió de los clásicos cánones del protocolo. El considerado, por definición, como Vicario de Jesucristo en la Tierra y a la vez Jefe de Estado del Vaticano, se mostró nuevamente humano, amigo, hermano. En suma, ejerció su carisma latinoamericano, tan propio de esta región, tan simple, tan cercano y a la vez tan sabio. Ver a Francisco con la ventana baja, dejando que la multitud le vea y él pueda también verles, besar a la mandataria brasileña Dilma Rousseff o un sinfín de actitudes de sencillez, son parte del cotidiano de un Papa que dista mucho de la imagen de poder que ronda a su jerarquía. Lejos queda la imagen del Papa León I (440-461) con poderío absoluto, se contrasta mucho de lo observado en autoridades de su nivel y rango internacional. En vez de eso, tenemos la dicha de presenciar un jerarca más humanizado, un líder que acepta que “hasta el Papa tiene pecados… y muchos”. Es, en palabras simples, un Papa diferente. La Iglesia Católica, es una de las entidades más reconocidas del mundo entero, sus obras de servicio llegan a los lugares más distantes y sus programas son mantenidos con disciplina y alta calidad; los colegios e instituciones donde la filosofía católica es impartida se caracterizan por la promoción de valores universalmente aceptados, alta calidad académica y sobre todo un sentido de servicio social que permite la formación de buenos ciudadanos. Sus relaciones con las entidades políticas es ante todo de respeto, diálogo, y más de una vez ha sido precisamente la Iglesia Católica la que ha servido de nexo (mediador) entre partes en conflicto. En la actual gestión gubernamental, la Iglesia Católica ha sido objeto de ataques sistemáticos por parte de un gobierno que se autodeclara socialista (aún se recuerda las acusaciones de “discriminación” contra la Iglesia por parte de Llorenti en septiembre de 2010, los ataques de Gustavo Torrico en abril del mismo año acusando a la Iglesia de “corrupta” porque ésta se atrevió a referir que en Bolivia existían cárteles de droga, o las mismas palabras del Presidente cuando afirmaba que la Iglesia es un “instrumento de dominación” en noviembre de 2008, y muchas otras referencias en las que las autoridades de gobierno se han declarado abiertamente enemigas de la Iglesia Católica). Llama la atención, quizás por esto, que el Presidente pretenda asistir a la misa de despedida del Papa, sin mencionar que ya antes era motivo de incomodidad que el Mandatario asista a festividades de tinte religioso, sabiendo que es un crítico absoluto de la religión. No sé si tacharlo de estrategia política para no perder votos de una sociedad mayoritariamente católica, si es simple y llana hipocresía o si es un extraño y raro proceso de conversión de última hora. Si el Presidente asiste a ver la misa que dará Francisco, esperemos que adquiera una auténtica vocación de diálogo, un espíritu de unidad, y se centre más en unificar que en separar. Si ello sucede, la visita de Francisco nos dejará mucho más de que alegrarnos.

lunes, julio 15

La corrupción como factor de atraso

Un informe de Transparencia Internacional realizado en 95 países arroja como resultado que la corrupción sigue siendo un flagelo complejo que ataca a varias de las sociedades mundiales, siendo los países africanos los más golpeados con un porcentaje que alcanza a 84 por ciento de personas que afirman haber pagado un soborno, situación que contrasta con los países que podrían afirmar sentirse orgullosos de su higiene y limpieza ética que son Dinamarca, Finlandia, Japón y Australia con 1 por ciento de personas que habrían sobornado por algo. Los países considerados más corruptos son Sierra Leona (84 por ciento), Liberia (75 por ciento), Yemen (74 por ciento) y Kenia (70 por ciento), así como las instituciones vistas como las más corrompidas son (en orden): los partidos políticos, la policía, el poder judicial, los funcionarios públicos, el órgano legislativo, los servicios médicos y de salud públicos, los medios de comunicación, las instituciones religiosas y, finalmente, las empresas privadas. Los resultados son muy claros, y resta analizar el caso latinoamericano en el cual la peor parada sería Argentina (72 por ciento), seguida por México (71 por ciento), Venezuela (65 por ciento), Jamaica (62 por ciento), Paraguay (62 por ciento), Chile (61 por ciento), Estados Unidos (59 por ciento), Bolivia (57 por ciento), Colombia (56 por ciento), El Salvador (54 por ciento), Canadá (52 por ciento), Brasil (48 por ciento), Perú (46 por ciento) y Uruguay (43 por ciento). Estos datos muestran la real complejidad de la corrupción que recibe una y mil denominaciones: desde el “dame para mi refresquito”, usual en nuestro país, hasta el “um cafezinho” (un cafecito), en Brasil, pasando por la “mordida” mexicana, “el serrucho” colombiano, o los términos internacionales de “té para los ancianos” (Kenia), “dinero en efectivo para la sopa” (Turquía), “hacer un favor” (Azerbaiyán), y así una y mil formas de llamar a un mal tan común en las sociedades. Si analizamos la vida cotidiana y recordamos a la persona que alguna vez nos solicitó un soborno, tenemos desde el sujeto que pide “su voluntad” por no darnos una multa debido a una infracción de tránsito hasta la gran autoridad que insinúa algo en una reunión en la que se hablan de miles o millones de billetes. Está también el amigo que actúa o influye para que algo salga a favor de uno u otro por intereses personales, al que es autoridad o funcionario, no por su capacidad, sino por favores políticos y así tenemos a gente con poder pero sin conocimiento técnico. Incluso está el que nos cobra en el supermercado, la fotocopiadora, la heladería o la tienda y que en vez de darnos el centavo de cambio, nos “fuerza” a aceptar su pastilla. Está también el que peca por no denunciar, y cuántas veces habremos sido nosotros también cómplices de este tipo de situaciones, víctimas silenciosas que prefieren fomentar la corrupción en vez de cortarla, muchas veces por miedo y otras hasta por necesidad. La sociedad actual, cargada de tecnología nos da una esperanza de que a futuro sean los sistemas informáticos los que puedan restringir este tipo de situaciones corruptas, pero en tanto ello no sea más que una mera aspiración, debemos de enfrentarnos a nuestra dura realidad, una burocracia (usualmente estatal) capaz de romper a cualquiera, con sistemas de control poco efectivos y con funcionarios éticamente –y muchas veces técnicamente– limitados. Y hasta que las cosas no cambien, bien se puede jugar, al menos, el rol de ser quien corte el acto mal habido, denuncie el rol corrupto y aporte, si quiera en algo, a Bolivia.

martes, julio 2

Hablemos de Brasil, pero no de fútbol

Aún sin conocer quién será campeón de la Copa Confederaciones (Brasil y España son los finalistas y recién este domingo se sabrá quién ganará), resta estudiar, desde una perspectiva alejada del fútbol, las protestas que han inundado las calles brasileñas y que se constituyen en un reflejo mayor del descontento por el cual atraviesan grandes sectores sociales, no sólo en Brasil, sino en muchos lugares del mundo. Brasil, no hace mucho considerada como una nación modelo en desarrollo (el Banco Mundial coloca al país como la séptima economía mundial), enfrenta ahora conflictos en los que la población, principalmente de clase media, se encuentra con demandas sociales graves, con descontento notorio expresado en las calles. Los manifestantes brasileños son, según datos obtenidos por fuentes noticiosas internacionales, 84 por ciento independientes de cualquier color político, 77 por ciento cuentan con educación superior, 22 por ciento son estudiantes, 53 por ciento no tienen 25 años, 71 por ciento protestan así por primera vez; a su vez los motivos de tal movilización se distribuyen de la manera siguiente: 56 por ciento contra el aumento del pasaje en el autobús, 40 por ciento contra la corrupción, 31 por ciento contra la violencia y la represión, 27 por ciento por un mejor sistema de transporte, 24 por ciento contra la clase política a la que, desde ya, tachan de corrupta. Estos datos estadísticos muestran que quienes reclaman tienen formación, se ubican en sus necesidades y claman soluciones, no son fruto de populistas mensajes capaces de convencer a masas humanas poco formadas, y por el contrario reflejan un buen medidor de descontento en el vecino país. Es, desde ya, un factor nuevo ver que en las manifestaciones abundan los teléfonos inteligentes, las tablets y que muchas acciones se coordinan por las redes sociales, tales condiciones han logrado que más de un millón de brasileros reclamen marchando con una sola voz. Una voz que bien puede reflejar un sentir latinoamericano: cansancio y hasta hastío contra la clase política, contra la calidad de atención de los servicios públicos, falta de seguridad social efectiva, acceso a servicios de salud óptimos, un deteriorado transporte público. Si usted se pone a ver estos factores, muchos de éstos, si no todos, son idénticos a las preocupaciones bolivianas. Estos movimientos son un claro mensaje: las cosas deben cambiar, el sistema político está desgastándose cada vez más, gobiernos de derecha o de izquierda no han podido encontrar aún soluciones efectivas para los problemas que hoy nos afectan y en tanto no exista un sistema mejor, debemos confiar, quizás ingenuamente, que la capacidad, honradez y honestidad, son la esperanza para mejores días.