lunes, abril 11

El otoño del patriarca

Yo soy el único que manda en este país, habría afirmado el Presidente Morales al Defensor del Pueblo, Rolando Villena, si tal mensaje existió se trataría de un mandato imperativo, absolutista, totalitario, tiránico y despótico, pero sería un mandato claro. Podríamos no creer que tamaña aberración hubiese florecido en la verba de quien ejerce el patriarcado de un país que se supone vive en derecho, pero la mezquindad del poder transforma a todo aquel que se engolosina con su miel, y así ha sucedido con muchos de los que se han posado en el sillón del gobierno, mandando a gil y mil y deleitándose con la receta del pueblo me quiere, el pueblo me lo pide, el país me necesita, las bases han hablado o, las conocidas recetas de pasillo que retoñan en todo funcionario público dependiente de un gran gobernador, desde un ministro hasta el que barre la puerta, si lo aman mi general, si lo adoran mi presi, usted es indispensable para el futuro de la nación doctor, sin usted todo se nos cae licenciado. Y el poder afecta y cambia a las personas, y ha cambiado su Excelencia desde que fue elegido Presidente, ya no es el líder sindical de antaño, el de condición humilde, el nacido en cuna de piedra, es, ahora, el que manda aquí, allá y donde usted está sentado, es la mano del poder y pare de contar. Bajo esta visión la gestión, en los últimos años, se ha tornado más política que técnica, más importa el cómo hundir al contrario que hablar de las necesidades de la población, nos contentamos con las canchitas de fútbol pero nos olvidamos de las necesidades de salud, nos cargamos de bonos y paguitos que sólo nos dan un pescado pequeño en vez de que nos enseñen a pescar, nos olvidamos de que el verdadero motor de progreso de un país es su propio empresariado y no un obeso Estado que cada día devora y crece más, y nos importan más los amoríos de la cúpula política nacional en vez de la corrupción que corroe las raíces de aquella élite, y pareciera que si el poder transforma para mal, la politiquería devasta el alma. Y así estamos, con la política inundando los pasillos del poder y estancados con vainas que no son importantes y separados como dos amantes orgullosos. Si seguimos con la locura de insistir con que las bases me lo exigen, la gente me lo pide, e ignoramos la voz institucional de la democracia y terminamos por embadurnarnos de la basura que sale de las asambleas y de las concentraciones morbosas en las que la gente grita pero no piensa, estamos arruinados. Porque luego del referéndum pasado se supondría que el Excelentísimo vive, como diría García Márquez, en el otoño del patriarca, porque ante la pregunta planteada se respondió con un no, un no poco convincente quizás, un no que sonó a hueco, pero fue un no de todas formas. Y si el Influyente, enceguecido por el poder, persiste en un prorroguismo político, dañará lo que él mismo pretendió, en inicio de su mandato, sembrar, y se olvidarán los logros de su gestión y las arenas del olvido se llevarán sus buenas cosas y quedarán, como piedras inamovibles y monumentales sus intentos de ilegalidad. Aún el patriarca está en su otoño, aún tiene tiempo, dependerá de él ser recordado por su buena gestión y el respeto a la ley, y podrá irse por la puerta grande, o, podrá persistir en lo ilegal y le esperará un agrio y frío invierno.

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