Estos sucesos, que unían dos mundos distintos, fueron suficientes para convencerle de que la vida le trataba de decir algo.
Delicio Albahaca, que era el sepulturero oficial del cementerio general, lo notó desde la primera vez que estuvo en un entierro. Se trataba de un acto común y silvestre, con los dolientes de negro y llorando, y con un féretro dentro el cual comenzaban a marchitarse los recuerdos.
Aquella danza mortuoria, con polillas que iban y venían, le era ya normal la mañana de mayo en que empezaron los bloqueos.
Era el año seis después del tiempo de la peste, y parecería que nadie había aprendido nada.
Como antes, eran los del campo contra los de la ciudad. Todo había empezado por un típico problema sectorial que, luego, había derivado en el pedido de la renuncia del presidente. Era un pedido jalado de los pelos, motivado por sostener la impunidad de un expresidente hoy acusado de pedofilia y corrupción, y cuyos seguidores impedían su arresto sostenidos en la solvencia del narcotráfico y el enceguecimiento sindical.
Pasaba que hoy todos querían cobrar la factura de los tiempos del populismo, donde la izquierda incapaz hundió la economía del país en base a sobornos dirigenciales y a lujos insostenibles. Ahora, esos mismos líderes gremiales pretendían sostener sus privilegios obligando, en base a multa y a chicote, al bloqueo de caminos hasta que las ciudades mueran de hambre. En pocas palabras, en Bolivia se vivía la dictadura del poncho y la ojota.
Delicio Albahaca supo que la muerte rondaba cuando vio que en las esquinas y en las ranuras abundaban las polillas que él solía ver sólo en los entierros.
Sin embargo, grande fue su sorpresa cuando en una de sus pocas caminatas, vio que las polillas solian sobrevolar más sobre los dirigentes de los sindicatos, o alrededor de los caudillos de turno. Comprendió entonces algo que era evidente: las polillas no sólo rondaban a los que habían perdido la vida, frecuentaban también a aquellos cuyas almas ya estaban podridas.

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