Por aquel tiempo de gracia, la Muy Noble y Leal Villa de Madrid no era para don Zenteno San Román una simple coordenada geográfica, sino la esquiva tierra prometida de sus ensimismamientos. Poco le importaba el laberinto ciego de sus callejuelas empedradas, pues guardaba la rara virtud de conmoverse por igual ante la pompa señorial de El Prado, la Puerta del Sol y el Palacio Real, que ante la miseria digna de Lavapiés y las ruidosas barriadas del sur.
El clérigo, guarecido bajo el ala de su sotana, solía demorarse en las esquinas contemplando el oleaje de las crinolinas y la tiranía de los corsés que esculpían los cuerpos de las damas, así como las levitas severas, los pantalones de tubo y los sombreros de copa alta de los caballeros. Sin embargo, su debilidad recaía en las mujeres del vulgo, quienes desafiaban la grisura del invierno envueltas en mantones de manila, faldas torrenciales y peinetas que parecían diademas de reina. Solo el traqueteo incesante de los coches de punto, que surcaban las rutas con un apremio de fin del mundo, lograba perturbar su paz espiritual.
Al caer la tarde, una fascinación casi mística lo sobregía al ver encenderse los faroles de aceite, cuyas luces vacilantes conferían a la villa un aire de vigilia perpetua. Disfrutaba el bullicio de los aguadores, el pregón herido de los vendedores ambulantes y los acordes desarrapados de los músicos callejeros. No obstante, su deleite más secreto —aquel que callaba en el confesionario— era la complicidad silenciosa con que compartía los vicios de la plebe: las tardes de toros, los altares efímeros de las verbenas y el drama de los teatros.
El padre Zenteno San Román moriría sin saber que aquella Europa brumosa del siglo XIX sería el espejo invertido de las desventuras que, centurias más tarde, habrían de sepultar a su más remoto y extraviado descendiente: Solícito García, un mestizo de piel cobriza que, en el sexto año posterior a la gran peste, ignoraba por completo los hilos de su sangre europea.
Solícito había cruzado el océano en la época dorada en que las remesas extranjeras eran el único milagro esperado por los hogares paupérrimos de su patria. En aquel viaje providencial, deslumbrado por los siglos de piedra y orden, aprendió a venerar la limpieza milimétrica, los trenes que desafiaban la impuntualidad y la cortesía casi litúrgica de los madrileños.
—Esto sí es una nación —repetía a su regreso, con un rencor masticado—, y no el remedo de república que nos tocó en suerte. Aquello es el progreso, no la impostura que nos venden aquí.
Ignoraba Solícito que sus ojos claros y el bucle rebelde de su cabello eran el último testimonio de un capellán español que pecó por amor en tierras americanas. Pero ignoraba, por sobre todas las cosas, la ironía macabra de su propia naturaleza.
Al llegar los primeros fríos del altiplano, Solícito García empeñó su moral al mejor postor. Convencido de que servía a una causa sagrada, se apostó en las carreteras para asfixiar los caminos: impidió el paso de los camiones de hortalizas, clausuró el tránsito de las ambulancias donde agonizaban los suyos y condenó al hambre a las ciudades. Soñaba con la pulcritud de Madrid, pero financiaba sus días con el dinero sucio de la revuelta, devoto del dogma de que la tierra prometida solo se construye destruyendo la del vecino.
El giro del destino se completó una tarde de viento helado en el bloqueo. Solícito extrajo del bolsillo un rosario de plata que había pertenecido a su abuela y comenzó a desgranar las cuentas para mitigar el tedio. Era el mismo rosario que el padre Zenteno San Román había perdido dos siglos atrás en un lupanar de Madrid, y Solícito, sin saberlo, rezaba las mismas oraciones fúnebres con las que el clérigo solía encomendar el alma de los ajusticiados, sellando así, en una misma estirpe, al hombre que amó la civilización y al hombre que cobraba por destruirla.
LA REALIDAD: En junio de 2026, Bolivia enfrenta una crisis extrema debido a más de 40 días de bloqueos indefinidos que mantienen bajo asedio decenas de rutas clave del país. El conflicto, detonado inicialmente por el alza en el costo de vida y la escasez crítica de carburantes, escaló hacia la exigencia de renuncia del presidente, impulsada por sectores alineados al expresidente Evo Morales en un intento por desestabilizar el país para tomar el poder. Esta situación ha provocado un severo desabastecimiento de alimentos esenciales, una alarmante falta de oxígeno e insumos médicos en los hospitales, y pérdidas millonarias para productores y transportistas varados en las carreteras.
Comentarios
Publicar un comentario