Rozaba el alba la cornisa de su ventana y no habia día más
bello que aquel.
- ¡Qué hermosa es la muerte! -afirmó.
Él, aquél y el infiel
Confiaba él, que el sujeto aquél, solucionaría todos los tequemeneques
del ayer; pero olvidaba él, que aquél, no era más que el típico politico
infiel.
El reflejo
Procuraste tú, un buen día, hacer las cosas bien, y te
posaste radiante frente al espejo. ¡Triste tú! Porque fue ahí que te diste
cuenta que eras humana.
La costumbre
Aciaga fue aquella promesa, porque entre el hollín del amor
del ayer y la maraña de las mortificaciones del hoy, recién noté que lo que por
ti sentí. No fue amor, sino costumbre.
El fin de nuestro
amor
Dantesco fue el macabro espectáculo: el carnicero desollaba
con habilidad aquel corazón sanguinoliento, pero aún ahí, en algún diáfano
resquicio, esperaba la ilusoria redención de un último latido por mí.
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