Las putas y los compadres


Corrían poco más de las tres de la madrugada cuando alguien tocó la puerta de Rosalía Azafrán, su sueño, desde siempre liviano y nebuloso, se destrozó en mil pedazos ante el estrépito de un timbre que pareció resquebrajar el silencio nocturno. Confundida y buscando su propia vigilia, la mujer bajó las gradas, cruzó el pasillo, sintió el olor de las begonias del jardín y abrió la minúscula ventanilla que tenía en su puerta.

Al otro lado, un grupo de compadres, destilando alcohol y desbordando las ansias propias de sus potras de juguete, asomaron las cabezas.

ー¿Hay servicio? ーcuestionó uno en un castellano entorpecido por la cerveza.

ー ¿Tienen chicas? ーpreguntó otro con tufo a azufre.

Rosalía Azafrán se tardó dos o tres segundos en despabilarse y darse cuenta que lo que ese grupo de ebrios quería, era saciar su apetito sexual.

ー ¡Puercos! ーles gritóー, ¡cochinos! ーles reclamó, poco antes de cerrarles en el hocico la ventana.

Los compadres, que acababan de festejar su día, se fueron quién sabe porqué rutas, pero lo que no se escabulló fue el sentimiento de desolación que se instaló en el alma de Rosalía Azafrán; la mujer recordó ahí, parada en medio de su jardín de begonias, a su abuela, doña Magdalena Ignacia, la prostituta más conocida de un pueblo proscrito en su memoria y olvidado en su práctica, sitio y lugar en el que vendió su cuerpo una y otra vez, para garantizar los insumos más básicos para sus hijas. Sintió pena, tragó lástima y engulló indignación; luego, en voz muy baja, dijo: “Si no hubiese la demanda no sería necesario el servicio”.

Ahí nomás fue que realizó un análisis completo de la realidad, una minuciosa despellejada del sacrificio de la profesión más antigua del mundo, una autopsia del eterno depredador masculino que buscaba a la hembra para satisfacer el falo que solía pensar por ellos.

ー Poco hombres ーdijo Rosalía Azafránー, ningún hombre que sea capaz de enamorar a un mujer terminaría alimentando el negocio maldito de la prostitución ーsentenció.



LA REALIDAD: 

En el debate actual, las críticas más feroces ya no juzgan moralmente a la mujer, sino que apuntan directamente a la responsabilidad del hombre como consumidor. Desde los enfoques abolicionistas, se denuncia con fuerza que la demanda masculina es el motor real que financia las mafias de la trata de personas y la explotación sexual, transformando el dinero en un mecanismo que coacciona el consentimiento y perpetúa una clara violencia de género. Por otro lado, incluso donde la actividad está regulada, se critica duramente que el modelo de "consumidor legítimo" solo sirve para normalizar un constructo cultural anacrónico: la idea de que el deseo del varón le otorga el derecho de acceder al cuerpo de otra persona a cambio de un pago, camuflando la desigualdad económica bajo el velo de un simple acuerdo comercial.


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(Imagen tomada de: https://afrofeminas.com/)

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