Sin inmutarse por ello, Rafamir Topacio acertó en cada palabra:
ー El problema no es el dólarーindicóー, el problema es nuestra moneda, que no vale nada.
Tenía razón, desde aquel mes fatídico en que empezó a escasear el billete del norte, la cosa se hizo más difícil.
El economista aquel, que en su momento supo sostener a duras penas la empresa que en algún momento soñaron sus padres, veía un panorama sombrío.
ー Nadie habla de economía ーindicóー, nos mantenemos ocupados con vainas.
Su visión era correcta, se la percibía en los precios elevados de la canasta familiar, en el empleo de mala calidad, en el comentario de la esquina y en la sobremesa del mediodía.
Por aquel entonces, y para colmo el gobierno declaraba un incremento salarial absurdo.
ー Seguimos camino al barranco ーafirmó.
Su exposición, académica y técnica, era tanto espantosa como sombría, pero estaba cargada de realidad. Porque él sabía, como lo podía deducir cualquier profesional del área, que este era el resultado del despilfarro de los 14 años de populismo.
ー ¿Qué hacer entonces? ーle preguntó un angelito que él veía revolotear frente a sus ojos.
ー La economía es como un hogar, no puedes gastar más de lo que recibes. Habría que dejar de lado las subvenciones y los bonos, promover el emprendimiento formal y privado, tratar de reducir la actividad informal, dejar de lado lo político y enfocarnos en lo económico.
ーSí, sí, eso haremos ー le respondió la enfermera que en ese instante asentía con la cabeza mientras le ponía el suero con sus medicamentos.
Poco más habló Rafamir Topacio, porque en ese momento sus ojos se cerraron bajo el peso de los fármacos. El brillante economista que se volvió loco por tratar de solucionar los problemas económicos de un país manejado por políticos deshonestos y poderosos sin escrúpulos, no volvería a despertar, porque esa misma noche un inesperado, pero bienvenido, paro cardiaco se lo llevaría a una vida mejor.
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