Cuando vio que la gente no dudaba en pisar muertos
y en olvidar su moral por alcanzar un billete, se espantó, y hasta pensó que se
trataba de algún malentendido, pero fuerte fue su desilusión cuando supo que
aquella reacción, sólo era el reflejo natural de la codicia humana.
Aquella jornada, Delirio Concepción había salido de
su casa con la firme intención de navegar por los infinitos mares de la burocracia
estatal. Su pretensión, normalizada y hasta prosaica, quedaba entre un montón
de cosas sin importancia que ahora pasaban a segundo plano.
Al finalizar la tarde, mientras pasaba por las
cercanías del aeropuerto, sintió que el piso retumbaba y que una ráfaga de
tierra se elevaba a pocos pasos de ella. De inmediato, en un instante en que
todo pasó al mismo tiempo, un avión de colores lúgubres, se llevó por delante a
moros y a cristianos, sin respetar ni coches ni transporte público, y sin
considerar si había gente buena o mala.
Sin embargo, eso no fue lo peor, porque lo más
horrible vino después, cuando decenas de ciudadanos perdieron los estribos al
ver que la carga de aquel avión consistía en billetes flamantes de la serie
B.
Casi nada pasó entre el espanto inicial y el
momento en que el primer oportunista se dio cuenta que, entre el desastre
causado y los restos de los muertos, había dinero contante y sonante; y mucho
menos demoró que aquella manada de personas pierdan toda cordura y razón y
empiecen a empujarse y aplastarse para obtener algo de aquel capital.
Deliria Concepción no supo qué hacer ni entendió a
cabalidad lo que pasó. Primero, porque no comprendía cómo era posible que a los
vivos les valga tan poco la presencia de los muertos a la hora de hacerse de
dinero; y segundo, porque en un momento de revelación, vio en un parpadeo que
pareció eterno, que todo su barrio se veía mal armado, con puertas que no
entraban bien en sus sitios y ventanas que parecían sobresalir por los
costados.
Aumentando su zozobra, supo sin realmente saber por
qué, que esa era una artimaña de una criatura más antigua que la misma
existencia y que se alimentaba de la muerte humana; pero qué, ante todo y sobre
todo, se deleitaba con los males y desdichas que solían provocar por sí solos
los seres humanos.
Fue un empujón el que le sacó de aquel trance,
porque al percibir tal revelación, había quedado lívida y bruta con la boca
abierta y la mirada perdida, observando el fatídico incidente, convirtiéndose
en los hechos, en un obstáculo para aquellos que corrían a buscar un billete,
pero que, en verdad, corrían a las fauces de un monstruo que no sabían que
estaba ahí, pero que se los iba comiendo poco a poco.

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